En 1998, un ex cirujano británico llamado Andrew Jeremy Wakefield, publicó un artículo en la prestigiosa revista científica The Lancet, en el que relacionaba la vacuna triple vírica (sarampión, rubéola y parotiditis) con el desarrollo posterior de autismo en los niños, entre otras enfermedades. Sin duda, fue un duro golpe contra las vacunas y, probablemente, el nacimiento del movimiento “antivacunas” tal y como lo conocemos hoy. El hecho de que un tratamiento preventivo pudiera generar un trastorno generalizado del desarrollo era algo tan inaudito como inaceptable.
Sin embargo, la comunidad científica siempre mostró recelo ante los resultados de Wakefield. Varios investigadores independientes trataron de demostrar la misma asociación, pero no fue posible encontrar ninguna entre el autismo y la vacuna triple vírica. En los años posteriores, se reveló que Wakefield había actuado movido por intereses económicos, recibiendo importantes comisiones de los grupos “antivacunas” y por el asesoramiento a las familias. Además, se comprobó que había sometido a procedimientos médicos invasivos e innecesarios a varios niños autistas para poder demostrar sus teorías, y todo ello sin la necesaria aprobación de ningún comité de ética. En enero de 2010, un tribunal compuesto por cinco miembros del Consejo Médico General del Reino Unido halló probadas 32 acusaciones, entre ellas cuatro de fraude y doce de abuso de niños con discapacidad. Wakefield fue expulsado del Consejo y se le retiró la licencia para ejercer Medicina. The Lancet se retractó del artículo de forma inmediata, confirmando que todos los resultados eran inventados.
Demasiado tarde. El daño ya estaba hecho. El miedo al autismo sigue ahí para muchos padres y, si la idea se ha convertido en obsesión, es muy difícil convencerles de que las vacunas no suponen un peligro.
Hay dos problemas fundamentales en torno a la moda “antivacunas”. Por un lado, los motivos para no vacunar, que hay que ir desmontando uno a uno, con mimo y empatía, pues nunca es fácil cambiar la realidad que nos convence. Por otro lado, la ausencia de dicho tacto por parte de la gran mayoría de los pediatras. Encolerizados por la supuesta estulticia de los padres contrarios a la vacunación, se niegan a dialogar en busca de una solución: “usted verá lo que hace con sus hijos”. Sin embargo, el encuentro es posible, y es necesario.
Y el caso doctor, es que “no quiero vacunar a mi hijo porque…”:
- “… las vacunas llevan mercurio”. Falso. Ninguna vacuna comercializada en España en la actualidad lleva mercurio ni derivados mercuriales. Se usó hace años para evitar la contaminación por bacterias u hongos. A pesar de que nadie consiguió demostrar que dicho mercurio pudiera ser perjudicial para la salud, la OMS decidió retirarlo por un principio de precaución. Las vacunas de nuestro país ya no llevan mercurio.
- “… las vacunas pueden producir autismo y otras enfermedades como asma, alergia o esclerosis múltiple”. Falso. No se ha podido demostrar ninguna relación causal entre las vacunas y la aparición de determinadas enfermedades. El nexo temporal siempre existirá, pues las vacunas se administran en la infancia y, por tanto, siempre se podrá establecer una relación temporal entre vacuna y cualquier enfermedad. Pero de ahí a que la vacuna sea la causa hay un enorme paso que la ciencia nunca ha podido demostrar.
- “… las vacunas llevan aluminio”. Cierto. Se trata de adyuvantes, que aceleran, potencian y prolongan la respuesta inmunológica tras la vacunación. Las sales de aluminio son necesarias para que las vacunas sean efectivas. No se ha demostrado que tengan ningún efecto nocivo. De hecho, la cantidad de aluminio en la dieta de cualquier niño es mayor que el existente en las vacunas, por ejemplo en los pescados. Incluso en la propia leche materna hay más aluminio. Y nadie deja de amamantar a sus hijos por ello.
- “… las vacunas no protegen. La desaparición de algunas enfermedades se debe solo a la mejoría de las condiciones higiénico-sanitarias”. Cierto en parte. La mejoría de dichas condiciones ayuda, sin duda, pero las enfermedades no desaparecen solas. Recientemente se dejó de vacunar de varicela (por motivos no científicos) y el número de casos creció de forma exponencial. Por otro lado, los niños que viven en países en vías de desarrollo, con peores condiciones higiénicas, no padecen las enfermedades frente a las que han sido vacunados. Es evidente que algo más sí hacen las vacunas. La mejora de las condiciones higiénico-sanitarias disminuye los casos de una determinada enfermedad infecto-contagiosa, pero son las vacunas las que finalmente consiguen que dicha enfermedad sea erradicada.
- “… las vacunas alteran la inmunidad natural del niño. Mis hijos deben aprender a superar las enfermedades solos”. Casi falso. Es cierto que la inmunidad natural, tras pasar una determinada enfermedad, es más poderosa y prolongada que la artificial (vacunas). El problema es que el niño no supere la enfermedad, o quede con secuelas tras superarla. Es el caso de la difteria, el tétanos, la poliomielitis, y muchas otras patologías frente a las que, hoy, existe protección.
- “… las vacunas tienen estabilizantes y conservantes”. Cierto. Se trata de azúcares, aminoácidos, gelatinas y sales, encargados de que la vacuna mantenga sus propiedades. Además, llevan conservantes como antibióticos y sustancias como el fenol, que mantienen los viales libres de contaminación e impiden el crecimiento de microorganismos u otros contaminantes. Son componentes necesarios, cuya eficacia y seguridad es comprobada antes de que una vacuna pueda ser comercializada.
- “… las vacunas pueden producir reacciones alérgicas graves”. Cierto. Excepcionalmente puede aparecer una reacción grave, la anafilaxia, que precisa atención médica inmediata. Por esto se recomienda que los niños esperen un tiempo de 15-20 minutos en el centro médico tras ser vacunados. El riesgo de anafilaxia es de menor de un caso por cada millón de dosis. Pero aún en estos casos, la gran mayoría no es mortal. En cualquier caso, los riesgos de padecer las enfermedades o sus complicaciones son infinitamente mayores al riesgo de la propia vacunación.
- “… las vacunas suponen un negocio”. Cierto. Al igual que todo lo que nos rodea: casas, coches, alimentos, teléfonos, ordenadores, televisores, y un largo etcétera. Los laboratorios gastan miles de millones de euros en la producción de nuevas vacunas, y necesitan recuperar el dinero invertido. De hecho, no siempre lo recuperan. El que estén financiadas o no, no es algo que dependa de los laboratorios. Lo que no genera ninguna duda es el beneficio que suponen para la salud, constituyendo la medida preventiva más eficaz de todos los tiempos.
- “… da igual vacunarle o no. Como la mayoría de los niños están protegidos, los míos también lo estarán”. Casi cierto. Esto se conoce como “efecto rebaño”. Si mis vecinos están vacunados, no podrán padecer la enfermedad y, por tanto, no podrán contagiar a mis hijos. Sin embargo, otra cosa es cuando sus hijos viajen fuera de las fronteras del primer mundo… entonces no estarán protegidos. Por no hablar de la globalización del mundo actual, en el que cualquier persona, vacunada o no, se puede sentar junto a nosotros en el autobús. No merece la pena correr el riesgo.
- “… no quiero ponerle todas las vacunas del calendario, y menos siendo tan pequeño”. Bien, pues hablemos. Algunas son prioritarias, y protegen frente a enfermedades que afectan de forma más grave a los menores de un año. Otras, ¿por qué no? Podemos esperar. La clave está en hablar las cosas.
- “… mientras le dé lactancia materna está protegido, y no necesita ninguna vacuna”. En parte cierto. La lactancia materna juega un papel fundamental en la protección del lactante durante los primeros meses de vida, y es conocido que los niños amamantados padecen menos infecciones que los alimentados con leche artificial. Esto no quiere decir que los niños que toman biberones se pasen el día en el hospital, ni que los que toman leche materna no necesiten vacunas. Los extremos siempre suelen ser falsos.
Pero además, si decidimos no vacunar a nuestros hijos, debemos conocer cuáles son los riesgos que aceptamos. Entre otras, las siguientes enfermedades, graves y mortales, existen en el primer mundo: infecciones por Haemophilus influenzae (meningitis, epiglotitis), enfermedad neumocócica (meningitis, neumonías), hepatitis B (enfermedad crónica), tétanos, meningococo C (meningitis que cursa con brotes epidémicos), tosferina (casos mortales de tosferina maligna) y sarampión (raro casos mortales, pero alta morbilidad).
Y otra notable desventaja es que, cuando los niños no vacunados consultan a un pediatra por un síndrome febril, en un alto porcentaje de casos serán necesarias analíticas, radiografías y otras pruebas complementarias no indicadas en niños correctamente vacunados. Y, en caso de infección, o sospecha de infección, el uso de antibióticos será más frecuente y agresivo.
También existen desventajas para el resto de la población, de hecho las vacunas están pensadas para proteger a una comunidad, no hay un individuo en concreto. Los niños no vacunados, actúan como focos de propagación de enfermedades prevenibles. Los principales afectados son aquellos niños que por diversos motivos (inmunodeprimidos o recién nacidos por ejemplo) aún no han podido ser vacunados o no podrán nunca ser vacunados. También se verán afectados aquellos adultos que, debido a tratamientos inmunosupresores (necesarios en trasplantes, tumores u otras enfermedades) ven disminuida la capacidad de su sistema inmunológico y no pueden hacer frente a determinadas enfermedades, incluso estando previamente vacunados. Por este daño secundario a la sociedad, algunos países como Australia castigan a los padres antivacunas con una reducción en los beneficios fiscales que suponen los hijos. No sé si es la opción acertada o no, pero Australia cuenta con las tasas de vacunación más elevadas en todo el mundo. Al final, lo que más duele siempre es la cartera.
Las vacunas no son obligatorias, ni deben serlo desde mi punto de vista. De hecho, en los países donde la vacunación es obligatoria, las tasas de inmunización no son mejores. Los padres tienen derecho a preguntar, y a recibir una información correcta. Y los pediatras debemos ofrecerla, sin regañar ni reprochar. Lo que no es aceptable es que luego tengamos familias destrozadas, que se sientan engañadas por los movimientos “antivacunas”, y que ningún pediatra hubiera intentado, al menos, hablar con esos padres.
Ese es el objetivo de una consulta pionera en nuestro país, sobre asesoramiento en vacunas, en la que invitamos a los padres a dialogar y razonar, sin imponer ni obligar, y aceptando la decisión final de los progenitores. Está coordinada por quien firma estas líneas en el Hospital General de Villalba, en Collado Villalba (Madrid), con la participación de los pediatras de los centros de salud de la zona y su excelente labor de promoción de la salud en Atención Primaria. Se encuentra operativa desde noviembre de 2014 y ya hemos atendido casi 30 familias. De ellas, el 45% ha aceptado una vacunación completa, un 45% una vacunación parcial y un 10% ha seguido sin vacunar a sus hijos.
Si tenéis cualquier duda sobre vacunación, o conocéis familias con dudas, allí os estamos esperando para atenderos. No conozco otras consultas similares en España, pero seguro que con el tiempo tendremos más por todo el territorio nacional. El objetivo es que, cuando unos padres decidan no vacunar a sus hijos, cuenten previamente con toda la información posible.
La Asociación Española de Pediatría, y otras sociedades pediátricas nacionales, ofrecen multitud de páginas web con información gratuita sobre vacunas. En el mundo 2.0 no solo hay “antivacunas”, también estamos los que las recomendamos. Tú eliges.
Autor: Dr. Roi Piñeiro Pérez
Jefe Asociado del Servicio de Pediatría del Hospital General de Villalba
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)