Sentimientos de culpa y responsabilidad en la diabetes

Sentimientos de culpa y responsabilidad en la diabetes

Mi propósito en estas líneas será diferenciar los términos culpa y responsabilidad, y así establecer la relación entre ambos.

Comencemos por la etimología de estos términos:

Culpa, del latín culpa: falta o imputación. Cuando uno admite un error. Puede tratarse tanto de culpa en la elección como en la omisión.

Responsabilidad: dar respuesta a lo prometido, responder desde lo que es capaz de… o desde lo posible.

A pesar de que ambos términos hablan de cuestiones humanas importantes, es profunda la diferencia entre uno y otro.

En la culpa uno admite que ha hecho o dejado de hacer algo que ha ocasionado algún tipo de daño o decepción a alguien. Por lo tanto, este “alguien” tiene que importarnos en alguna medida. La culpa se refiere a la imputación hecha a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta y se refiere al hecho de ser causante de algo. Mientras que la responsabilidad es reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente, y de acuerdo con nuestras posibilidades y ética personal.

Los sentimientos de culpa y la responsabilidad están presentes en nuestra vida cotidiana. Hay una culpa inaugural, que nos humaniza debido a que nunca vamos a lograr responder completamente a las expectativas del otro ni a nuestros ideales. Según cómo esto marque nuestra existencia, así será la relación con los otros y con nosotros mismos.

Hablamos de lo inaugural en el sentido de que, ya desde el embarazo, y aún antes, se dan en la pareja fantasías sobre lo que esperan de su hijo: va a estudiar, será buena gente, será diferente de, este hijo hará que me realice como madre y/o padre…etc.

Estas fantasías son saludables e inevitables. Lo que será singular, será la tolerancia de los padres ante la diferencia entre el hijo fantaseado y el real. A menor tolerancia mayor será la sensación del hijo de no responder a lo que se espera de él o de ella, y ahí el terreno a la aparición del sentimiento de culpa se encuentra abonado.

No se trata de una regla matemática, el sentimiento de culpa es un sentimiento singular, distinto para cada persona. No todos nos sentimos culpables por lo mismo.

De ahí la importancia de descubrir de dónde provienen esos sentimientos, con qué estarían relacionados y dónde se generaron.

Será fundamental la historia particular de cada uno y no será válido aplicar las mismas consignas y parámetros para todos por igual.

Tomemos la historia de una mujer que espera que su bebé, que nacerá en breve, sea rubita, pelona y con ojos claros; cuando la bebé nace, resulta que tiene muchísimo pelo negro, de punta y nace morada por venir con dos vueltas de cordón. Podemos entender fácilmente que la madre sienta cierta decepción al ver a su hija por primera vez. Inferimos que si su decepción fue muy grande y mantenida durante la crianza, la niña crecería con una cierta vivencia de culpa por no satisfacer las expectativas maternas. Estas vivencias probablemente se le repetirán cada vez que establezca un vínculo con alguien significativo para ella. Creerá que es la que decepciona y por ello se sentirá culpable.

Por supuesto este es un ejemplo, las cosas no son tan determinantes ni lineales.

Otro ejemplo cotidiano: cuando alguien va a un médico y este tiene unas expectativas acerca de cómo debe ser un paciente. Cuando éstas van más allá de las posibilidades reales del paciente en ese momento, seguramente, éste sentirá que no puede responder a lo que el profesional espera, propiciándose el abandono del tratamiento, y no sólo esto, sino que el paciente podría ser juzgado como alguien no responsable de su tratamiento. Muchas personas con diabetes y con otro tipo de patologías conocen perfectamente este sentimiento.

La expresión “no responsable” se ha convertido en ese juicio negativo sobre el paciente, sosteniendo su sentimiento de culpabilidad y sensación de fracaso.

La responsabilidad no depende sólo de la voluntad. Puedo proponerme ser responsable de algo y no poder llevarlo a cabo.

Ya vimos en la etimología de la palabra responsabilidad, que ésta hace referencia a responder desde lo posible.

Hablamos de responder desde lo posible, pero no es tan sencillo llegar a admitir qué es lo posible para cada uno, ya que supone asumir que no lo podemos todo, que no todo nos es posible y a menudo nos peleamos con esta idea.

Quizás nos ayude tomar la idea de responsabilidad como un proceso y no como algo puntual. Es decir, en la medida en que conozca más de mí mismo, de mis posibilidades y limitaciones, me podré hacer cargo y responsabilizarme de mis elecciones. Por ejemplo, “no puedo llevar bien la alimentación que me conviene”, así dicho “alimentación” aparece como un todo que no nos permite discriminar entre distintos aspectos de dicha alimentación. Cómo “todo” es inabarcable y no sirve para mucho. Si tomamos partes concretas y diferenciadas podremos hacer algo con ello.

Y de ahí, ya nos podremos plantear qué podemos y qué no, cosa no siempre fácil.

Tomar la responsabilidad como un proceso nos habla de que pueden darse altos y bajos. No somos autómatas y si nos exigiéramos funcionar al 100% (registro de lo imposible) volveríamos a estar en el circuito de la culpa.

Abandonar la culpa para poder acceder a la responsabilidad es tener en cuenta que entre una y otra hay muchos momentos, distintos tipos de vínculo, estados, limitaciones, circunstancias etc.

Será nuestro deseo (entendido como empuje vital) el garante de que el proceso continúe, a pesar de los distintos momentos por los que atravesemos.

Asumir qué es lo posible para cada uno posibilitaría salir del circuito de la culpa para responsabilizarnos de nuestra parte en aquello de lo que se trate desde una posición ética.

Quedarse estancado en la culpa, es la manera de no progresar, de no cuestionarse y por tanto seguir repitiendo aquello que le llena a uno de malestar. No podemos conocer todo de nosotros mismos, siempre hay un misterio, una pregunta por lo que hacemos, ¿por qué hago esto?…

Si uno se cuestiona y, como un detective, se va fijando en las cosas que no encajan, que nos sorprenden, que nos llaman la atención, podrá ir registrando qué hechos negativos se repiten en su vida, como por ejemplo ciertas elecciones de pareja.

Pensemos un ejemplo relacionado con la diabetes. Imaginemos una persona que no logra manejarse con la diabetes en su vida cotidiana. Tiende a hacer “burradas”, como darse atracones de dulces. En momentos determinados se sentirá culpable porque sabe que come lo que “no debe”, en otros, criticará a los profesionales que le atienden. Si en algún momento esta persona no siente la curiosidad de “¿y por qué me doy estos atracones?”, si esto no le llama la atención, seguirá teniendo un sentimiento de culpa casi permanente, con el consiguiente malestar y sufrimiento. Sólo preguntándose éticamente qué es lo que me lleva a estos atracones, podrá llegar a desentrañar qué es lo que le conduce a la repetición de aquello que le daña.

¿Es algo de su historia? ¿de su pasado? ¿suele no hacer lo que es necesario para su cuidado? ¿qué es para sí cuidarse? etc…

Hay momentos en la vida en los que no somos capaces de plantearnos estas preguntas, o de poder ir encontrando algunas respuestas, pero sí sabemos que no queremos seguir sufriendo. Esto ya podría ser suficiente para buscar ayuda.

Freud, cuando sus pacientes se quejaban de lo que les pasaba les planteaba la siguiente cuestión: ¿cuál es su parte en el desorden del que se queja? Esta pregunta habla de cómo tomar una posición ética ante la vida. De cómo uno se hace cargo de sus elecciones, responsabilizándose de ellas.

Mª Eugenia Muñoz
Psicóloga Asociación Diabetes Madrid

Trastornos de alimentación y diabetes

Desde la década de los 80 del pasado siglo, la asociación entre un grupo de conductas alimentarias de riesgo y trastornos de la alimentación con la diabetes mellitus comenzó a recibir atención. Es probable que los artículos “Anorexia nervosa and bulimia in diabetics” o “Bulimia, anorexia nervosa y diabetes”, publicados en 1984 en el Journal of Psychosomatic Research y The Psychiatric Clinics of North America, respectivamente, fueran los primeros dedicados a explorar esta relación.

A partir de este momento, el estudio de la prevalencia, características clínicas y las consecuencias médicas de esta relación ha sido objeto de estudio por parte de numerosas investigaciones. De hecho, está ampliamente documentado que las adolescentes y mujeres con diabetes tipo 1 tienen mayor probabilidad de desarrollar conductas de alimentación de riesgo que sus contrapartes sin diabetes.

En estas conductas de riesgo pueden incluirse las dietas “milagro”, los ayunos, los atracones y un rango de conductas compensatorias y purgativas que interfiere claramente con un adecuado manejo de esta enfermedad. Las conductas de alimentación deben ser entendidas en un continuo que va desde la restricción hasta los atracones.

Comencemos analizando las restricciones, donde podemos encontrar las dietas “milagro” y los ayunos, por solo citar dos ejemplos. Las dietas “milagro” son altamente restrictivas, pues el objetivo es perder mucho peso en un corto período de tiempo.

Por su parte, los ayunos prolongados interfieren con las cinco comidas por día que estos pacientes deberían hacer.

En el otro extremo se encuentran los atracones, que se caracterizan por una exagerada ingestión de alimentos en un corto período de tiempo y la sensación que la personas tiene de no poder parar. También aquí se suma el comer nocturno, donde las personas incrementan la ingestión de calorías después de la cena (alrededor del 25% de la ingestión del día). En ambos casos se suelen ingerir alimentos altamente procesados y calóricos que no suelen ser recomendable para la dieta de las personas con diabetes.

Por último, habría que analizar un grupo de conductas purgativas o compensatorias que pueden complicar aún más las cosas. Dentro de estas se pueden señalar provocarse el vómito, el uso de laxantes, el consumo de productos de herbolario sin acción demostrada en sustitución de algunos alimentos o una práctica excesiva de la actividad física. En la diabetes de tipo 1 también se ha observado que, para perder peso, algunos pacientes evitan inyectarse sus dosis de insulina, o se las administra en cantidades inferiores a las necesarias.

Aunque estas conductas por sí solas constituyen un riesgo considerable para los pacientes con diabetes, el mayor riesgo viene dado cuando hablamos de un trastorno de alimentación clínicamente establecido y diagnosticable. Los trastornos de la alimentación tienden a pasar desapercibidos para muchas familias, hasta que sus manifestaciones son notablemente graves. Suelen parecer problemas menores, cuando la realidad muestra que tienen la mayor tasa de mortalidad de todas las enfermedades psiquiátricas.

Si entendemos que el manejo de la diabetes pasa por la adherencia a una alimentación moderada y saludable, es lógico pensar que prestar atención a las conductas alimentarias de los pacientes resulta un factor sumamente importante. En este sentido tendríamos que estar atentos a los indicadores de anorexia, bulimia, trastorno de atracones y síndrome de comer nocturno en los adolescentes.

En esta etapa evolutiva los conflictos con la imagen y el peso se tornan más agudos. A ello habría que añadir la existencia de una comunidad en Internet denominada pro-anorexia donde se ofrecen consejos y retos para perder peso. Muchas chicas suelen volverse tristemente famosas en las redes por sus imágenes de desnutrición extrema, autolesiones o muerte. No resulta complicado que, como cualquier otro, un adolescente que tiene diabetes pueda acceder a este tipo de contenidos.

Tomando en cuenta lo anteriormente expuesto y antes de activar las alarmas, necesitamos saber si los adolescentes con diabetes tipo 1 tienen más riesgo de desarrollar un trastorno de la alimentación. Una revisión publicada en 2013 en Diabetic Medicine, analizó 10 estudios sobre el tema. Los resultados mostraron que el diagnóstico de los trastornos de la alimentación estaba presente en el 7% de los adolescentes con diabetes tipo 1, en comparación con el 3% de los adolescentes que no tenían diabetes.

El mismo estudio también observó que saltarse intencionadamente las inyecciones de insulina es una conducta que afectaba alrededor del 40% de las chicas con diabetes tipo 1. Los resultados parecen indicar que resulta necesario prestar atención al desarrollo de trastornos de alimentación y a evitar la inyecciones de insulina como particularidad compensatoria en estos pacientes.

¿Qué indicadores pueden alertarnos de la presencia de un problema?

En primer lugar debemos tener en cuenta el peso, los factores de personalidad y el entorno familiar. En segundo lugar, qué ocurre tras el diagnóstico y la edad a la que éste ocurre.

En este momento observar qué ocurre con el peso es importante, pues las manifestaciones de la alimentación de riesgo son diferentes en dependencia de si se gana o se pierde peso. Hay que estar muy pendiente si existe satisfacción con la pérdida de peso o la preocupación cuando se gana. El tercer indicador lo podemos observar en el manejo y respuesta del tratamiento con insulina. En este punto habría que prestar atención a los episodios de hipoglucemia o la ganancia de peso.

En el primero podría estar relacionado con episodios de atracones. Al darse un atracón sube la glucemia y hace necesaria una dosis adicional de insulina, cuestión que puede llevar a una hipoglucemia y la perpetuación de la conducta de atracones con el reinicio del ciclo. Por supuesto, la ganancia de peso es inevitable.

Por su parte, para el segundo caso podría ocurrir todo lo contrario: una combinación de conductas de restricción y el rechazo a aplicarse el tratamiento con insulina como conducta compensatoria. Otro problema asociado a la ganancia de peso puede ser el conteo de calorías. En este sentido existen muchas familias que suelen perpetuar estas conductas con sus alabanzas a la pérdida de peso y su obsesiva focalización en las calorías que se consumen.

Me gustaría llamar la atención sobre un factor de riesgo en los trastornos de la alimentación al que muchas familias ni siquiera prestan atención porque es percibido como una cualidad positiva. Estoy haciendo referencia al perfeccionismo. En el caso de estas personas es un perfeccionismo socialmente prescrito, que suele tapar las dificultades con la autoestima que la propia insatisfacción con la imagen genera.

Estos chicos, aunque la mayoría de los estudios se han realizado con chicas, se esfuerzan por ser los mejores en todas las áreas con el objetivo de recibir aprobación de padres y compañeros. Cuando no llegan al resultado propuesto suelen experimentar intensos episodios de depresión, ansiedad o angustia que les lleva a la necesidad de autocastigarse.

Por tanto, estemos atentos para detectar cualquier tipo de trastorno a los que se refiere este artículo.

Boris C. Rodríguez
Master en Psicología Médica y Doctor en Psicología Clínica y de la Salud