Comunicarme con mi hijo adolescente

Comunicarme con mi hijo adolescente

Lo primero de todo, es aprender a ser capaces de poneros en su lugar. Muchas veces exigimos cosas que nosotros mismos no somos capaces de hacer.

Otra cosa que sería conveniente que os plantearais como padres es: ¿cómo creo que me ve mi hijo? ¿Me ve como un padre comprensivo, intransigente…? Si tenéis dudas en este aspecto, preguntádselo, ya que, en función de cómo os percibe vuestro hijo, es muy probable que tenga ante vosotros una respuesta u otra, de confianza, de miedo, etc. Además, pensad que sois un ejemplo para él, tanto para lo bueno como para lo malo.

Por otra parte, durante los años de la adolescencia, la comunicación entre padres e hijos se hace más difícil, incluso en aquellas familias en las que existía una buena relación durante la infancia. Por una parte, las reservas del adolescente para hablar con sus padres son debidas a su necesidad de mantener la privacidad sobre sus asuntos personales, mientras que los padres queréis seguir manteniendo con vuestros hijos el mismo tipo de relación que tuvisteis durante la infancia.

La mayoría de las veces los padres pedimos, pedimos y pedimos y resulta más sencillo decir las cosas negativas que positivas, pues tened en cuenta que esa actitud se carga a la mayor de las motivaciones, y es que el ser humano funciona mejor por las buenas que por las malas, y por supuesto vuestro hijo también.

¿Cómo facilitar la comunicación con mi hijo/a adolescente?

  • Escucha lo que dice tu hijo o hija, déjale terminar. Si no dejas que termine lo que quiere decirte y lo interrumpes porque piensas “ya sé lo que me va a decir”, nunca sabrás qué ideas tiene ni cómo se siente.
  • No critiques, no juzgues, no culpabilices. No eres un juez. Si te dedicas a sancionar su conducta de forma constante estás poniendo una barrera entre tu hijo y tú. Si está enfadado y te grita, puedes corregir su comportamiento con algo como: “ya veo que estás enfadado y me parece normal, pero si no me gritas me enteraré mejor. Cuando te calmes podremos seguir hablando”.
  • Dale importancia a lo que te dice. A veces lo vemos preocupado por un asunto que para nosotros no tiene la menor importancia y podemos pensar: “no son más que tonterías, cuando sea grande se dará cuenta …”. Si cuenta contigo para hablar de sus cosas, valóralo. Si no le das importancia a lo que quiere contarte, puede que en el futuro deje de hablarte de ello.
  • Enséñale a comunicar sus sentimientos. No es suficiente preguntarle qué ha hecho sino también cómo se ha sentido. Puedes ayudarle a que entienda qué siente preguntándole “¿estás enfadado o triste?” o diciéndole “yo estoy orgulloso ¿y tú?”.
  • Controla tus impulsos. Puede ocurrir que te cuente que ha hecho cosas que no te gustan (por ejemplo, que ha faltado a una hora de clase porque no tenía ganas de ir). Si reaccionas de forma impulsiva y no razonas con él, puede que la próxima vez no confíe en ti y no te lo cuente.

Pero ¿cuándo puedo hablar con él/ella? Parece que nunca es buen momento…

  • Dar el primer paso. No esperéis a que sea vuestro hijo el que tome la iniciativa. Aunque os ponga malas caras o posturas cuando le digáis que quieres hablar con él.
  • Explicar claramente lo que esperamos, sin rodeos ni sermones.
  • Escuchar su opinión, valorarla y tenerla en cuenta.
  • Razonar mutuamente las posturas.
  • Llegar a acuerdos, negociar.
  • Buscar el momento adecuado, aunque no sea el perfecto.
  • Ánimo relajado. No es el momento de hablar si te sientes preocupado, nervioso o agobiado.
  • Ambiente tranquilo y sin interrupciones.
  • Una sola persona presente en representación de los dos padres.
  • Comunicación amplia, no centrada en la diabetes (que no sea el monotema familiar).
  • Ante un fallo, considerarlo como una oportunidad de aprendizaje…ya sabemos lo que tenemos que hacer para la próxima vez.
  • Coherencia entre padres. Ambos en la misma dirección, si hay desavenencias entre ellos, acordar antes de dar una respuesta al hijo.
  • Ser coherentes con las exigencias y objetivos marcados.
  • Reconoce, felicita y premia el esfuerzo y no el resultado.

Olga Sanz
Psicóloga A.D.M.

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