La inmovilidad se define como el descenso de la capacidad que tiene el individuo para realizar movimiento, provocando deterioro de la relación con el entorno, lo que le origina dependencia para desempeñar las actividades de la vida diaria (AVD). La inmovilidad es por lo tanto causa de dependencia en mayor o menor porcentaje.
El deterioro funcional supone el inicio de la fragilidad y de ahí lo importante que es detectar precozmente las necesidades de estas personas con el fin de introducir, lo más pronto posible, adaptaciones (sillas de ruedas, andadores, baños adaptados, audífonos o lentes que mantengan el nivel sensorial…) que puedan favorecer sus desplazamientos y estimulen el mantenimiento de la autonomía y de las actividades que pueden realizar por si mismos
Existen múltiples factores que favorecen la inmovilidad en las personas mayores. Unos son de tipo intrínseco, es decir, forman parte del individuo (enfermedades músculo/esqueléticas, neurológicas, cardiovasculares, endocrinas; déficits sensoriales; causas psicológicas como haber sufrido una caída previa…) y otros factores son de tipo extrínseco, ajenos a la persona (prescripciones clínicas; factores ambientales como la hospitalización o barreras arquitectónicas; factores sociales relacionados con la falta de apoyo social, familiar o de estímulos…).
¿Todas las situaciones de Inmovilidad son iguales?
Ni todas las situaciones son iguales, ni todas las personas las viven de la misma manera.
Hay situaciones de inmovilidad relativa cuando se lleva una vida sedentaria pero la persona es capaz de movilizarse en pequeñas distancias, con menor o mayor independencia y hablamos de Inmovilidad absoluta (provisional o prolongada) cuando implica el encamamiento crónico, estando muy limitada la variabilidad postural.
¿Qué consecuencias puede tener la Inmovilidad?
Puede provocar o agravar patologías, favorece los procesos tromboembólicos y la dificultad para el control de la tensión arterial, aumenta la frecuencia de cuadros respiratorios y neumonías y empeora los procesos intestinales y de eliminación.
Igualmente disminuye la tolerancia al esfuerzo provocando fatiga general y por todo ello, alteración del estado de ánimo, se incrementa la debilidad muscular y la osteoporosis.
Diversos estudios sobre el encamamiento prolongado indican que incluso se pierde la fuerza física antes que la masa muscular. El declive de la masa muscular y de la fuerza muscular durante el envejecimiento, es más intenso y acelerado cuando se asocia con diabetes mellitus (DM), en especial en aquellos con mal control glucémico y de forma más pronunciada en mujeres que en los hombres.
La masa muscular es clave para el control metabólico. La respuesta al tratamiento farmacológico puede variar en función de la masa muscular ya que la mayor parte de los receptores de glucosa dependientes de insulina son musculares. Una baja masa muscular tendrá menos capacidad de almacenar glucógeno muscular y, además, menos efecto hipoglucemiante. En una persona con una adecuada masa muscular se podrían reducir las dosis de los fármacos hipoglucemiantes y evitar los efectos secundarios asociados a alguno de ellos.
Actualmente sabemos que la masa muscular y la fuerza muscular mantienen entre si una compleja relación, de manera que el declive de una de ellas no va necesariamente acompañado del mismo proceso en la otra, ni siguen la misma evolución a lo largo del tiempo.
En la DM tipo 2 ocurre una reducción de la fuerza muscular que es más precoz y acelerada que la que tiene en la masa muscular. Por otro lado, el deterioro de la fuerza muscular supone en las personas con diabetes un riesgo mucho mayor para presentar discapacidad y movilidad limitada que la pérdida de masa muscular.
¿Qué podemos hacer frente a esta situación?
La finalidad de los cuidados recomendados será la prevención de complicaciones y mantener buena calidad de vida con adecuados controles glucémicos según el objetivo individual marcado.
Además de la terapia farmacológica prescrita por el médico, es importante la dieta adaptada en cantidad y calidad de nutrientes, con especial atención a un aporte de proteínas de alto valor biológico y pautas de actividad física individualizadas que ayuden a prevenir o retrasar esas complicaciones derivadas del reposo.
Los beneficios del ejercicio físico no disminuyen con la edad. Con el ejercicio mejora la fuerza muscular y por lo tanto la movilidad y funcionalidad, se incrementa la masa ósea, disminuye la hiperglucemia retrasando el inicio de tratamiento con insulina en DM tipo 2, baja la tensión arterial, actúa favorablemente sobre la circulación sanguínea, nos ayuda a controlar el peso y a tener una vida saludable; también mejora nuestro estado de ánimo, previene caídas y nos ayuda a dormir mejor.
El ejercicio en mayores con movilidad reducida debería ser multicomponente y personalizado, incluir ejercicios de equilibrio para evitar caídas y mejorar la marcha, realizar ejercicios de fuerza que mejoren la calidad y cantidad de la masa muscular que ayuden a llevar a cabo las actividades básicas diarias y practicar ejercicios aeróbicos para disminuir la resistencia a la insulina.
Una de las acciones más importantes en personas encamadas y con dificultades o nula movilidad es, realizar cambios posturales frecuentes (cada dos horas).
Los momentos diarios de higiene deben aprovecharse para la vigilancia de la piel, las zonas de inyección de insulina y los pies con el fin de detectar precozmente úlceras por presión, lipodistrofia o complicaciones del pie diabético.
Se debe prestar especial atención a las hipoglucemias y a la hipotensión ortostática con controles frecuentes de glucemia capilar y de tensión arterial.
Siempre debemos consultar al personal sanitario sobre estos cuidados, para que nos indiquen cómo realizarlos y en qué situaciones la movilidad no debe forzarse por el riesgo de agravar la patología.
Autores: Susana Montero, Javier Camacho
Luís Huerta y Pilar Ledo
Enfermería del SERMA
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)