El Síndrome de Burnout en diabetes

El Síndrome de Burnout en diabetes

En la consulta, es frecuente escuchar a pacientes con diabetes referirse a su momento vital diciendo que ‘están hartos, que van a mandar todo a la porra, que da igual lo que hagan, que nunca logran estar bien, es decir, estar dentro del tiempo en rango esperado por ellos mismos o por los profesionales sanitarios que les tratan. Algunos incluso utilizan la palabra “estoy quemado”.

El término burnout (quemado), es un término que proviene del mundo laboral y surge como consecuencia de una forma inadecuada de afrontar el estrés crónico (¿existe la “adecuada”?). Se trata de sensaciones, tanto físicas como emocionales, síntomas de despersonalización y disminución del desempeño personal.

Maslach, en el año 1977, empleó este término para referirse al padecimiento de las personas que, debido a su profesión, tenían que mantener continua y prolongadamente contacto con la gente. Esto les generaba un importante desgaste con consecuencias para ellos, para los pacientes y para las instituciones con las que se interactuaban.

Uno de los aspectos más importantes pasa por comprender que el “Síndrome de Burnout no es un estado, sino un proceso progresivo” (Sandra Gargiulo)

Pero, ¿qué posibilita que se pueda llegar a padecer este síndrome o no? Uno de los aspectos importantes van a ser las características singulares de cada persona, es decir, cómo cada uno se relaciona con su realidad, tanto interna como externa. Cómo sostiene Gargiulo, el burnout está íntimamente ligado a los ideales.

Tener ideales es algo necesario porque nos va a orientar sobre lo que deseamos para nuestra vida. Podemos decir que este síndrome habla de la relación de cada uno con su propio ideal. Según sea ésta se tendrán más o menos posibilidades de padecer este síndrome. (Echad un vistazo al artículo “Lo ideal y lo posible en el manejo de la diabetes”).

Cuando la relación con el ideal se convierte en algo impositivo, que hay que cumplir sí o sí, cuando deja de ser algo que nos juega a favor, cuando dejamos de tener en cuenta las propias limitaciones y lo que nos es posible en cada situación, comienza un proceso de deterioro físico y emocional que puede llegar a comprometer la esfera relaciónable, laboral y social en general. La persona llegará a estar exhausta, y esto influirá en sus relaciones consigo misma y con los otros.

Hemos hablado de la importancia de las características singulares de cada persona, de la relación de cada uno con el ideal y de las consecuencias que tienen estos dos aspectos en el sufrimiento de quien lo padece.

Si pensamos en la importancia de las características singulares, se da una relación muy particular entre cada persona, el ideal al que aspiramos y aquello que idealizamos.

¿Cómo entender esta relación? Todos hemos oído hablar del “narcisismo”. Y a menudo aparece con un sesgo negativo (‘esta persona es un narcisista”’,”‘no hay quien lo aguante»). Sin embargo la constitución del narcisismo forma parte del desarrollo psíquico.

El bebé, cuando nace, en sus primeros tiempos de vida, percibe un enjambre de experiencias sensoriales: una luz, hambre, frío, sueño, dolor. Su mundo queda registrado como experiencias placenteras o displacenteras. Se trata de un momento mítico en el que el bebé, en condiciones de normalidad, va a ser todo para la mamá, a la vez que depende absolutamente de ella o de su figura de apego principal.

Se produce así el primer “revestimiento” del bebé como alguien valioso, y susceptible de ser amado por el otro de una manera incondicional. La palabra “incondicional” es la marca que caracteriza a ese momento evolutivo.

Posteriormente, el niño /a va a ir perdiendo algo de este momento de “esplendor” cuando se le empieza a educar y transmitir los valores propios de cada familia y cada entorno,social. Empiezan las primeras frustraciones ante la puesta de límites. No hay crianzas perfectas por propia definición humana, pero, incluso en las crianzas más cuidadosas y suficientemente buenas, el/la menor va a tener que afrontar el duro camino de ir integrando y aceptando los límites, los propios y los ajenos, va a tener que aprender a relacionarse con la frustración y con la pérdida del espejismo de omnipotencia de los primeros años de vida. Que pueda aceptar los límites no quiere decir que no le moleste que se los pongan, y que no proteste.

Aparte, tenemos una dificultad añadida y es que, en el momento actual, la sociedad, transmite que no tenemos límites, que uno puede ser lo que quiera, que la perfección se puede lograr, que se puede ser felices sólo con desearlo. Los mensajes sociales, publicitarios y mediáticos, pueden ir más allá y aparecer como una exigencia, así continuadamente, el consumo excesivo nos habla de esto, un objeto determinado puede aparecer para alguien como aquello que le va a proporcionar la satisfacción total y le va a hacer sentirse pleno. Cómo la satisfacción sólo puede ser parcial, estaremos abonados al malestar y a la insatisfacción y seguiremos buscando objetos que sí que nos proporcionen esa plenitud.

Cuando no se tolera la frustración y la pérdida de la omnipotencia, el niño/a va a tratar de recuperarla a través del cumplimiento de un ideal, convirtiéndose él o ella misma en su ideal para así dejar de sentir su pérdida y volver a la completud omnipotente de los primeros años.

Estos procesos, por supuesto, no son plenamente conscientes, pero pueden llegar a atraparnos en búsquedas imposibles en pos de una ilusión irrealizable. Las cosas tienen que quedar perfectas o no se hacen. Y cualquier relación con lo que no llega a alcanzar esta perfección produce mucho sufrimiento, culpa y malestar. Se crea una manera de vivir, un bucle, del que cuesta mucho salir porque supone aceptar que no existe lo perfecto asumiendo una renuncia a la omnipotencia.

Pasa por elaborar un verdadero duelo por la pérdida de la idea omnipotente de nosotros mismos y de la de los demás.

Por ejemplo, en el terreno de la diabetes, no nos queda otra que asumir que no todo el manejo está en nuestras manos. Tenemos un organismo que responde a sus propias leyes, de manera que podemos hacer “ todo bien” y no lograr estar en los valores esperados.

Se pueden dar paradojas cómo la siguiente: una persona tiene diabetes, y, por distintas razones, no logra estar el tiempo en rango que le han recomendado. La exigencia por tener que lograrlo y el agotamiento por no conseguirlo, le pueden llevar a abandonar los cuidados necesarios, llevando a cabo sólo los mínimos imprescindibles (por ejemplo, ponerse insulina pero no la necesaria). Esto se podría leer como que cuestiona la ilusión de perfección, y no necesita responder al pie de la letra a lo que cree que se espera de él o ella. Pero nada más lejos de la realidad. Es decir, suspender parcialmente lo necesario se convierte en una manera singular de seguir preservando la idea de que se puede ser perfecto: no soy perfecto porque no me pongo la insulina que necesito, pero el día que lo haga sí que lo voy a ser. Es seguir bajo el paraguas del ideal de perfección.

Otro ejemplo, imaginemos a una persona que cree que ser una buena madre es ser incondicional y estar a merced de las demandas de sus hijos, es decir, vivir para ellos, sin que las necesidades y deseos propios tengan un lugar. Habrá momentos en los que se sentirá muy contenta porque está cumpliendo con su creencia (ideal), pero habrá otros en los que esté cansada de tener que postergar sus necesidades en aras de estar con los niños. Estos pensamientos le van a hacer sentir muy culpable por querer cosas para ella ( no lo vive como algo legítimo), y va a tener que luchar más intensamente contra sus ganas de otras cosas para poder seguir respondiendo a su ideal de cómo tiene que ser una buena madre. Este circuito se tornará agotador y cada vez demandará más esfuerzo para intentar cumplirlo, sin los resultados esperados.

Este tipo de situaciones serán las que puedan conducir al síndrome de burnout, ya que cada vez se exige uno cumplir el ideal en vez de destituirlo parcialmente para poder vivir.

Cómo dijimos al principio, el burnout, no es un estado sino que trata de un proceso progresivo. El malestar se puede empezar manifestando a través de una queja sin llevar asociado los niveles de frustración y desesperanza antes mencionados. Será importante, poder contar con una escucha profesional de la singularidad de cada persona para no dejar que el malestar aumente y tenga peores consecuencias para uno. Aquí no valen las fórmulas generales.

Pedir ayuda profesional, no tiene por qué significar debilidad o incapacidad, más bien, muestra la valentía de querer enfrentarse a los propios “fantasmas” que tanto complican la vida.

Creo que las personas que tenemos diabetes, tenemos estos momentos caracterizados por estar saturados, en los que, de nuevo, se nos hacen presentes todas y cada una de las decisiones que tenemos que tomar respecto a nuestra diabetes, generándonos la sensación de carga pesada. Son momentos de cansancio ante lo que la diabetes nos requiere.

Somos humanos, todos podemos renegar de lo que es tener diabetes o cualquier otra enfermedad o situación vital. Pero, algo que ya puede tener su grado de dificultad, uno se lo puede hacer todavía más difícil según podamos acoger o no estos momentos, lo que marcará cómo va a ser nuestra relación con la diabetes. Si por el contrario, nos peleamos con estos momentos, tratando de eliminarlos, entraremos en un padecimiento que nos va a jugar en contra y nos va a complicar mucho la existencia.

Si los acogemos como parte del proceso que es vivir con diabetes (y no para la diabetes) nos será más sencillo nuestro día a día.

Autora: M. Eugenia Muñoz
Psicóloga ADM
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)

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