Especial 100 años de insulina (I): El descubrimiento que nos salvó la vida

Comienzo este artículo haciendo un repaso histórico de la diabetes antes de llegar al feliz descubrimiento que hizo posible que ahora mismo esté escribiendo este artículo y que la mayoría de nuestros lectores puedan leerlo.

Sería en el siglo I cuando Celso fue el primero en recomendar el ejercicio físico en los enfermos que bebían y orinaban con más frecuencia que los demás. Desde entonces y hasta el siglo XVIII ningún cambio ni solución. Tras demostrar que el sabor dulce de la orina de una persona con diabetes se debía al azúcar, John Rollo estableció en 1798 las primeras recomendaciones dietéticas en cuanto a cantidades y tipos de alimentos. En el mismo año Marshall no tuvo mejor idea que compararnos con una manzana en descomposición cuando llegaba el jadeo final de un paciente con diabetes, describiendo el aliento que Wilhelm Petters asociaría a la cetona 59 años después.

El caso es que a mediados del siglo XIX seguíamos sin solución. En 1869, Paul Langerhans descubrió las células pancreáticas que segregan insulina y las bautizó con su apellido en un alarde de originalidad típico de la época. En la misma línea caprichosa Adolf Kussmaul describió la respiración acidótica del coma diabético en 1874. En 1881, William Hyde Wollaston creó el primer método para medir la glucemia, muy lejano a los glucómetros actuales que ofrecen resultados fiables en pocos segundos.

En 1898, Blumenthal utilizó con éxito en animales y humanos un extracto alcohólico de páncreas que reducía significativamente la glucemia. Dicha técnica fue mejorada en 1908 por Georg Ludwin Zuelzer, quien patentó un extracto al que llamó Acomatol, y en 1910 por Vahlen quien patentó el Metabolín. Más cerca de la solución estuvo Nicolás Paulesco en 1921, describiendo una disminución espectacular de la glucemia tras la administración endovenosa de una solución de páncreas en agua destilada salada a la que denominó Pancreina.

En 1920, podías entrar en una farmacia y pedirte un refresco, incluso consumir algunos dulces. Los teléfonos funcionaban gracias a miles de mujeres que conectaban cables en una pared de agujeros infinitos. Las películas eran mudas, los flecos dominaban las pasarelas y el jazz era nuestro reggeaton. No había grandes supermercados pero cada tienda de barrio lo tenía todo. Tras los desastres de famosas guerras y pandemias, el mundo prometía años dichosos. También para aquellos que orinaban caramelos y sabían que, antes o después, se quedarían sin brazos y piernas, ciegos o sin riñones, entre otras terribles complicaciones.

Frederick G. Banting y Charles Best junto a Marjorie, la perra a la que se le administró insulina en el verano de 1921.

Los felices años veinte también lo serían para las personas con diabetes, desde que en 1921 un perro consiguiera reducir sus niveles de glucemia tras recibir insulina aislada de páncreas de animales. Un descubrimiento de los investigadores Frederick G. Banting, John James Richard Macleod y Charles Best, según dicen, autoría que no está exenta de polémica. También entonces, había demasiadas personas interesadas en colgarse medallas. Hay cosas que no cambian.

La velocidad de la investigación era diferente a la actual, por lo que pasó un año hasta que aquella insulina se pudo aplicar a un ser humano. En concreto, a un adolescente de 14 años llamado Leonard Thompson. Funcionó. Inicialmente, encontrar la solución a la diabetes fue tan difícil como comprar una PlayStation 5 en 2020, pero solo dos años después, en 1923, comenzó la producción en masa gracias a dos laboratorios. La señalada industria farmacéutica, una vez más, invirtió dinero para ayudar a los pacientes. En 1936, se consigue ralentizar la acción de la insulina y nace la NPH. Más estable. Más cómoda. Más basal.

Leonard Thompson, el primer ser humano tratado con insulina en enero de 1923

Durante más de 40 años las personas con diabetes estuvimos muy agradecidos a los cerdos, no solo por el jamón ibérico. De sus páncreas obteníamos nuestra insulina, aquellas insulinas porcinas con sus reacciones adversas y sus problemas de compatibilidad, claro, pero con la normoglucemia como compensación. Con una vida como regalo. Entre 1965 y 1978, en plena expansión de la ingenieria genética, se consiguió sintentizar la insulina de origen humano. Por fin, dejamos en paz a las piaras para explotar a otros seres vivos menos carismáticos, unicelulares en este caso. Otro paso adelante para mejorar nuestra supervivencia.

Los científicos siguieron investigando, cambiando de sitio los aminoácidos para acelerar el efecto de algunas insulinas y retrasar el de otras. Ultrarrápidas y ultralentas las llamaron. Comenzaron a llegar en la década de los 80 y los 90, junto con Queen, Michael Jackson o Bruce Springsteen. Música para mis oído también este nuevo avance.

Y se siguen investigando, a un ritmo vertiginoso, nuevos análogos, insulina oral o insulina inhalada. Cualquier producto es bueno cuando la materia prima es de calidad. El impacto de la insulina en la diabetes es comparable al de los antibióticos, las vacunas y la mejora de las condiciones higiénico-sanitarias en las enfermedades infecciosas. Ha conseguido transformar una enfermedad mortal en una patología crónica, que además no duele y permite una calidad de vida más que aceptable, hasta el punto en el que hoy ya es difícil diferenciar quién tiene diabetes y quién no.

El manejo terapéutico de la diabetes en la actualidad, gracias a las bombas de insulina y los sistemas de monitorización de glucosa, es algo que escaparía a la razón del científico más avanzado de los felices años veinte. Sería como enseñar un iPhone a Freddie Mercury, o unas gafas de realidad virtual a mis queridos y añorados abuelos. No puede ser real, pero ahí está. Tenemos a nuestra disposición un despliegue de medios tecnológicos para poder honrar con normoglucemia a aquellos que descubrieron la insulina. Una enfermedad que nadie quiere, es cierto, pero hace cien años que la vida nos sonríe.

Hoy las farmacias ya no dan caramelos. Podemos comunicarnos en milésimas de segundo con cualquier parte del mundo. El cine juega con nuestros tímpanos, las pasarelas rozan con frecuencia el ridículo y la música no pasa por su mejor momento. Y nos está azotando una agotadora pandemia, de esas que pensamos que nunca volveríamos a ver. ¿Es mejor hoy el mundo? La verdad es que no lo sé. Pero, ¿es mejor nuestro mundo? El nuestro, el de las personas que convivimos con la diabetes,  el de la sangre dulce, el de los melosos. De eso no tengo ninguna duda. Por supuesto que lo es, y lo seguirá siendo. Hace solo cien años que podemos tratarnos. No pasarán otros cien hasta que podamos curarnos. Será un placer poder contar a mis nietos cómo era aquella enfermedad que tuve, llamada diabetes, y cómo todo comenzó a cambiar cuando la tienda de mi barrio lo tenía todo.

Autor: Dr. Roi Piñeiro,
Jefe del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario General de Villalba
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)

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