Toda noticia debe incluir la respuesta a cinco preguntas sencillas. Cinco cuestiones que, a pesar de su aparente humildad, no pueden ser solucionadas con un simple sí o un escueto no. Cinco consultas que, en la escuela periodística norteamericana, se denominan las 5 W: Qué (What) ha sucedido; quiénes (Who) son sus protagonistas; dónde (Where) ha sucedido; cuándo (When) ha sucedido; y por qué ha sucedido (Why). Hay quien consideró que se olvidaron del cómo (How) ha sucedido, por lo que otros hablan de las 6 W, o bien de las 5 W y una H.
Este fue el periodismo que enseñaron a mi padre. No, él no es médico. En mi familia nadie lo es. Pertenezco a esa extraña generación de galenos sin vocación transmitida. Lo mío es una mutación de novo, un fallo de la naturaleza o una conjunción genética perfecta, todo depende del cariño de los ojos que me miren. Pero el caso es que yo me crié tomando leche con cacao entre los primeros periódicos de la mañana. El olor a prensa fresca es el de mi infancia. Los telediarios nos acompañaban en comidas y cenas. Ya en la adolescencia, comentábamos cada noticia entre viandas. Pero no solo la noticia en sí misma. Debatíamos cómo se había transmitido la información. Desmenuzábamos si realmente era noticia o si nos habían vendido que algo era importante. Yo iba para periodista, pero se cruzó la diabetes en mi vida. Los médicos me ayudaron, y entonces decidí que lo mínimo que yo le podía devolver a la sociedad era auxiliar a otros, aunque solo fuera a uno. No lo vivo como una oportunidad perdida. Tengo la enorme suerte de que me gusten ambas cosas. Soy un médico al que le gusta escribir e informar. Pero dejemos de hablar de mí y volvamos al cuarto poder.
O a lo que queda de él. Porque hoy, las cinco dobles uves, sean seis o cinco más una hache, ya no existen. Ya no se informa. Ahora se vende. Solo se vende. La importancia de una noticia se mide por el número de impactos mediáticos conseguidos, ya sea en clics, likes o retuits. Si viraliza, la noticia es buena. Si no lo hace, es aburrida y, por tanto, no vende. No sirve. Aunque informe, no vale.
Compruébalo tú mismo. Coge tu Smartphone y elige la aplicación de El País, o de cualquier otro periódico. Da igual. Ya ni los buenos son lo que eran. En la portada te encontrarás que “El número 4 del partido político Elquesea (quién) ha sido condenado por malversación de fondos públicos (qué) entre 2012 y 2013 (cuándo)”. Debajo, una entradilla nos explicará que sucedió en aquel pueblo (dónde) en el que fue alcalde y conoció a su cómplice Menganito (por qué y cómo). Tendrá más de 50 comentarios entre los que podrás deleitarte con magníficas críticas de reconocidos expertos, desde “Insulto, insulto, insulto, te lo mereces” hasta “se veía venir, yo ya lo sabía”. Pero no tendrá demasiados lectores. Se meneará poco. Hay noticia, pero sin éxito.
Moviendo la pantalla hacia arriba, es decir, deslizando el dedo en dicha dirección, y sin necesidad de humedecerse las huellas para pasar de página (nunca se sabe dónde puede estar escondido Jorge de Burgos) te encontrarás con esta otra noticia: “Los 15 actos sexuales impuros que Umberto Eco escondió en su novela más famosa”. Seguro que tiene el triple de impacto y en la mitad de tiempo que cualquier otro reportaje. Pero si cambiamos el titular por: “La abadía del placer” o “El sexo de la rosa”, su afamado autor tendrá un año más de trabajo asegurado, y un máster en periodismo bajo el brazo.
Y es que no deja de ser curioso que, en este avanzado mundo que nos ha tocado vivir, en el que la información está a un solo clic de distancia, en el que la prensa que huele a tinta nos cuenta los eventos del ayer, estemos tan perdidos y desinformados. Nos llenan la cabeza de confidencias tan baratas como banales a cambio de un nuevo “me gusta”, mientras pasan a nuestro lado las verdades que obviamos con bostezos.
A esto, vamos a sumarle una enfermedad crónica, sin cura conocida, que afecte a varios millones de personas y mueva unos cuantos billetes grandes y morados. Y vamos a buscar la manera de llamar la atención del lector, también enfermo, y ávido de sanación. Y tendremos el cóctel perfecto. Lo de menos es generar falsas esperanzas.
Cuando leas noticias sobre diabetes te encontrarás titulares como los siguientes:
- “Así son los tatuajes inteligentes que cambian de color cuando sube el azúcar”.
- “La diabetes en México: el peor de los mundos posibles”.
- “7 pistas para descubrir si tiene diabetes”.
- “Aprobado para su uso el primer páncreas artificial automático del mundo”.
- “Pinchazos que evitan amputaciones”.
- “Orinar la glucosa para combatir la diabetes”.
- “Un fármaco contra la diabetes tras desechar otros 99.999”.
- “La tuberculosis encuentra en la diabetes un aliado”.
Todos son reales. La verdad es que apetece leer cualquiera de ellas. Gustan. Venden. Generan curiosidad. No queda ninguna uve doble viva, pero ¿a quién le importa? Una hora y veintiséis retuits más tarde, me acercaré a mi médico para preguntarle si puedo viajar a México con mi hermana, que mientras se hacía un tatuaje notó mucha sed, y no quiero que le amputen una pierna si le pueden colocar un páncreas artificial mañana mismo, porque fármacos casi no hay y la tuberculosis se esconde en cualquier esquina.
No os alarméis. Quedan buenos periodistas. Muy buenos. Cuando naufraguemos por el mundo de la desinformación en el que nos ahoga Internet, seamos inteligentes. Busquemos el origen de la noticia, la fuente. Habitualmente se tratará de una revista científica. Lleguemos hasta ella y hagamos el ejercicio de comprender lo que cuatro investigadores locos nos quieren decir. Porque de esa “diabetes que se va a curar” o “ese nuevo medicamento mágico” a la realidad, puede haber diez años de distancia, o incluso puede que el tiempo termine por anular la ilusión de aquella magnífica noticia. Entonces no interesará venderla. Entonces, es posible que ya estemos atontados por un nuevo sistema para medir la glucosa a través del oído, que se ha experimentado con éxito en cobayas y en breve llegará a los humanos.
Vayamos con calma. Siguen teniendo muchísimo poder, y lo seguirán teniendo. Pueden controlar tendencias, lo que pensamos, lo que queremos, lo que buscamos. Saben manipular, pero solo nos tienen que informar. Hay que reactivar la neurona antes de reenviar la enésima cadena falsa de Whatsapp. Hay que preguntarse de dónde me ha llegado esa información antes de seguir viralizando un bulo. Toca pararse cinco minutos y pensar. Porque no toda la culpa es de los periodistas que un día se olvidaron de responder a cinco o seis preguntas sencillas. La mayor parte del pecado es nuestro, por catar todas las manzanas de forma descuidada cuando sabemos elegir la mejor de todas. No es fácil. Tampoco es difícil. Quédate con la peor parte de la noticia más optimista, y con la mejor de la más pesimista. Entonces estarás muy cerca de la verdad que las uves dobles te quieren contar.
Autor: Dr. Roi Piñeiro Pérez
Pediatra del Hospital Universitario General de Villalba
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)