El pasado 5 de marzo propusimos un encuentro online, dentro de los coloquios que organizamos con motivo del mes de la mujer, convocando especialmente a mujeres unidas por el punto en común de vivir con diabetes, y abriendo también el espacio a la participación de hombres que deseasen sumarse a la reflexión compartida.
La propuesta inicial de este encuentro partía de una idea sencilla pero profunda: reflexionar juntas sobre lo que significa tejer redes de cuidado mutuo.
Queríamos comenzar situando el tema del cuidado en dos planos que siempre están entrelazados: el biográfico y el social. Paso a resumiros lo que os queríamos transmitir.
En el plano biográfico, el cuidado forma parte de nuestra historia personal. Cada persona tiene su propia experiencia: quién nos cuidó, cómo nos cuidaron, qué lugar ocupaba el cuidado en nuestra familia.
Para algunas personas el cuidado estuvo muy presente; para otras fue escaso, confuso e incluso vivido como una carga. Estas experiencias dejan huella y suelen influir en cómo cuidamos a otros y también en cómo nos dejamos cuidar.
Por eso, antes de hablar del cuidado, resulta importante preguntarse algo más íntimo: ¿qué significa para mí sentirme cuidado o cuidada?
El cuidado no pertenece solamente al ámbito de nuestra historia personal. Tiene también una dimensión social y cultural.
Concha López Casares, experta en temas de género, iba a plantear cómo durante mucho tiempo, y todavía hoy en gran medida, el cuidado ha recaído principalmente sobre las riamos mujeres.
Históricamente han sido ellas quienes han sostenido la crianza, la atención a las personas mayores, la salud familiar y muchas otras tareas invisibles. Un trabajo imprescindible para la vida, pero que en la mayoría de los casos ha sido poco reconocido y no remunerado.
En cambio, los hombres han sido educados más bien en el papel de proveedores, vinculados sobre todo al trabajo remunerado fuera del hogar. Esta división ha determinado durante generaciones la manera en que hombres y mujeres se relacionaban con el cuidado.
Afortunadamente, hoy empezamos a ver algunos cambios. Cada vez es más frecuente ver a padres implicados en el cuidado cotidiano de sus hijos. A veces esos cambios se producen por necesidad, y como respuesta a los nuevos modelos de masculinidad que están apareciendo.
Pero lo más importante de esa mayor implicación en los cuidados, tiene un efecto muy importante: los niños y niñas crecen teniendo la experiencia de ser cuidados también por un hombre, por su padre.
Esa experiencia abre nuevas posibilidades y permite imaginar maneras de relacionarse con el cuidado más compartidas y menos rígidas.
Tras plantear estas ideas queríamos abrir el coloquio planteando algunas preguntas para pensar juntas:
¿Qué es cuidar?
¿Cuándo sentimos que estamos siendo cuidados?
¿Quién nos cuida a nosotras?
Sin embargo, lo que ocurrió desde el principio fue algo muy interesante.
Tanto Concha como yo, recalcamos la importancia del lenguaje con el que nos expresamos. Concha rescató la palabra “aprendizaje” del discurso de la doctora MªPaz Pérez Unanua para señalar que muchos de los cambios que estamos viviendo implican precisamente eso, un proceso de aprendizaje: aprender otras maneras de cuidar, aprender a compartir responsabilidades y aprender también a nombrar esas transformaciones.
Para mí, al escuchar hablar a las participantes sobre tener la diabetes “controlada”, fue importante señalar que la diabetes no se controla, se maneja. Término mucho más amable y posible.
La conversación tomó un rumbo totalmente distinto al previsto. Las participantes empezaron a compartir cómo se sentían, cómo vivían su relación con la diabetes y la preocupación sostenida que aparece cuando quien tiene la diabetes es un hijo o una hija.
Aparecieron experiencias, emociones y maneras muy distintas de transitar la diabetes dentro de la propia vida.
Empezaron a escucharse, a reconocerse en lo que la otra decía y a sentirse acompañadas en algo que muchas veces se vive en soledad.
También surgieron temas muy presentes en la experiencia cotidiana de muchas mujeres: la sensación de no sentirse siempre escuchadas por los profesionales sanitarios, la dificultad para lograr que la atención médica tenga en cuenta a la persona más allá de las cifras, y el impacto emocional que supone el diagnóstico reciente de diabetes en un hijo o una hija.
Se empezaron a tejer redes de apoyo mutuo en ACTO. Es decir, se encarnaba exactamente el sentido del encuentro.
Lo que ocurrió puso de manifiesto algo importante: cuidar no consiste en hacerlo desde los parámetros que uno tiene para sí mismo, sino en aquello que permite al otro sentirse cuidado.
Creemos que de algún modo conseguimos que las participantes pudieran sentirse escuchadas y cuidadas.
El encuentro, que había nacido con la intención de reflexionar sobre cómo tejer redes de apoyo mutuo, terminó convirtiéndose en una PUESTA EN ACTO de dichas redes.
Quizá así empiezan a tejerse las redes de cuidado mutuo: cuando alguien puede hablar, alguien puede escuchar, el cuidado circula y por un momento la experiencia deja de vivirse en soledad.
Queremos agradecer a las mujeres que participaron en el encuentro, su disposición a compartir con las demás sus experiencias, sus preguntas y sus vivencias en relación con ellas mismas y con su diabetes.
Gracias a ellas, este espacio pudo convertirse en un verdadero lugar de intercambio y apoyo mutuo.
Muchas gracias!
Autora: M Eugenia Muñoz Fernández. Psicóloga Especialista en Psicología Clínica.