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Mi primer campamento

¿Dudas si mandar a tu hijo/a con diabetes de campamentos este año? Te podríamos dar muchas razones por las que deberías hacerlo, pero hemos preferido que alguien que fue uno de nuestros acampados, te cuente cómo le fue en su primer campamento:

Os narramos un caso basado en hechos reales, en el que, por supuesto, cualquier parecido con la realidad será fruto de la imaginación del lector.  Esperamos que sea ilustrativo para todos vosotros.

En la mañana más rara de mi vida, me bajé del coche de mis padres con esa pegajosa pesadez de párpados, ese tormento propio de los que no han descansado bien. Dos ideas me golpeaban la cabeza sin cesar: “Pero ¿por qué narices se le habría ocurrido a mi madre apuntarme a este campamento?”, y sobre todo: “¿en qué momento yo mismo imaginé que esto sería una buena idea?”.

La situación no podría ser más surrealista. El viaje ya estaba pagado. Yo no quería ir. Mi hermana no quería que yo fuera. Mamá llevaba dos noches sollozando, mientras papá intentaba tranquilizarla, sin ningún éxito por cierto, puesto que al final siempre terminaban discutiendo a altas horas de la madrugada. Y sin que ellos lo supieran, yo les escuchaba con los ojos como platos, dando vueltas en la cama, soñando como volver a mi vida anterior. Como si no fuera ya bastante plomazo la enfermedad esta que me ha tocado, ahora me voy con otros tantos como yo… ¿a qué? ¿A llorar todos juntos? ¿A pincharnos todos a la vez? Es ridículo…

Estuve a punto de dejar mi macuto en el coche y suplicar a mis padres que nos volviéramos a casa. Si no fuera porque le prometí a mi amigo David que le acompañaría… hacía tiempo que habría dejado atrás esta tontería. Sentí el brazo de papá sobre mis entristecidos hombros, sin saber muy bien quién trataba de animar a quién. A lo lejos, un autobús y varias personas riendo en corrillos, la mayoría con camisetas de color azul. Si ya lo decía yo… “son una secta”. David, que también venía acompañado por sus padres y sus dos hermanos, me hizo una señal con la mano. Él también estaba solo con sus padres, fuera del mundo azul. Nada más verme me dijo: ¿Qué? ¿Nos presentamos a  estos de azul?¡Parecen pitufos!

La verdad es que me entró tal ataque de risa que no pude evitar olvidarme de las 48 horas previas. Papá debía pensar lo mismo que yo porque tampoco pudo evitar la carcajada, mientras que mi hermana y mamá hacían gestos ostensibles con las manos, suplicando que bajáramos el tono de voz. De hecho, un tipo con pintas de Krusty el payaso, se acercó con una enorme sonrisa en la cara. Por supuesto, llevaba puesta una camiseta de esas azules de la Asociación.

— ¡Hola! ¡Soy Pablo! Seré uno de los monitores del campamento. Tú debes ser… el señor Luís ¿no?

— Luís… a secas… —le contesté, a sabiendas de que no estaba siendo demasiado simpático.

— ¡Estupendo! Luís Asecas, ¡encantado de conocerte! Y tú entonces eres Don David ¿no es así? —A David le encantó lo de Luis Asecas, por lo que con media sonrisa no dudó en contestar:

— Sí, sí, yo soy David.

Continuaron las presentaciones, a mis padres, a los de David, y un largo etcétera, tras el cual, casi sin darme cuenta, estaba ya subido al autobús y despidiéndome de mi familia por la ventanilla. Mis padres, abrazados. Mi hermana, soltando una pequeña lágrima. Y yo, a mis 15 años, haciéndome el machote, pero con ese nudo en la garganta que hacía ya tiempo que no me ahogaba, más o menos desde el debut.

Los primeros kilómetros se pasaron rápido hablando con mi amigo, pero enseguida empezamos a conocer a más gente, incluyendo varias chicas muy guapas. Una de ellas, Luisa, tenía el pelo negro, largo y rizado, y se movía de un lado para otro cada vez que se reía por cualquier motivo. Fue ese el primer instante en el que comencé a pensar que, quizá, no fue tan mala decisión apuntarme al campamento.

Lo malo es que demasiado pronto se iniciaron las presentaciones de “alcohólicos anónimos” o sea de los responsables que venían con nosotros, lo que yo más temía… “Yo soy tal, y tengo diabetes desde hace tanto tiempo, estoy súper alegre de estar aquí, la vida me sonríe y bienvenido al campamento de la felicidad, donde te enseñaremos a llevar tu vida de una forma maravillosa a pesar de tener diabetes …”.

Pero mientras me escuchaba a mí mismo, no me di cuenta hasta unos minutos después de lo que estaba diciendo Patricia, la chica que estaba sentada junto a Luisa: “Pues qué queréis que os diga, yo esto lo podré llevar mejor o peor… pero a mí me han fastidiado la vida. Yo quería ser militar, y ya me han dicho que con diabetes, los soldados por la tele o en el cine, pero nada más”.

Realmente, fue el silencio que generó este comentario el que me hizo volver de mis fantasías sectarias cerebrales. David estuvo rápido: “Bueno, quizá la diabetes te ha devuelto la vida. Para la tercera guerra mundial, ninguno de los que estamos aquí valemos para el primer frente. Todos a limpiar las letrinas, ¡pero ninguno a morir al frente!”

Se escucharon algunas risas, pero en mi cabeza empezaban a aparecer otros asuntos relacionados con la diabetes, problemas en los que nunca había pensado. Yo quería ser periodista. No podía imaginar que una enfermedad me pudiera limitar hasta ese punto, hasta el punto de tener que cambiar de profesión. Casi sin pensar, solté mi primera frase del campamento, sin contar mis conversaciones previas con David: “¡Anda! Y ¿por qué no podemos ser militares los que tenemos diabetes?”

A Patricia se le iluminó la cara, pensando que yo también quería ir a Vietnam. El caso es que se inició un encendido debate en el que participaron incluso los monitores. Como suele ocurrir en estos casos, no conseguimos arreglar el mundo, pero sí llegar a Dueñas, el pequeño pueblo de Palencia donde pasaría, sin yo saberlo entonces, las mejores experiencias de mi vida.

No os voy a contar todo el campamento. Si he gastado más de una página en describir un viaje de apenas dos horas, imaginaos lo que podría llegar a necesitar para relataros la semana entera. Os resumiré, eso sí, algunos de los motivos por los que estos días marcaron, para siempre, el resto de mi vida:

Conocí personas, con diabetes y sin diabetes y que aún hoy, a mis 36 años, son y seguirán siendo mis mejores amigos.

Conocí muchas otras personas a las que perdí la pista, pero que me enseñaron miles de aspectos de mi propia diabetes que desconocía por completo, así como otras dificultades asociadas a esta enfermedad que nos acompaña, en las que nunca antes habría reparado.

Me di cuenta de en cuántos aspectos necesitaba aún ayuda para manejar bien mi diabetes, no solo con respecto al control de glucemia, sino muchas otras cosas, personales, que solo te enseña la vida cuando aprendes a escucharla.

Me di cuenta de todas las cosas en las que yo podía ayudar a otros.  A pesar de nuestra enfermedad detrás de cada uno de nosotros hay personas. Lo que para mí puede resultar sencillo, para él puede resultar difícil. Fue el intercambio de experiencias más intenso de toda mi vida.

Aprendí a decidir por mí mismo la cantidad de insulina que debía ponerme, a decidir cuándo y por qué podía darme un capricho, a cómo compensarlo, a cómo interpretar esas glucemias locas que en casa siempre me decían que era culpa mía. Aprendí a relajarme, a vivir con mi diabetes y no para mi diabetes. Experimenté esa sensación única en la que te olvidas de que eres un enfermo crónico, esa sensación que hoy me permite vivir sabiendo que lo soy, pero disfrutando al máximo cada día que pasa, sin dejar de hacer nada por culpa de “mi dulce amiga”.

• Aprendí a bailar, jugué al fútbol con los pies atados, me di de bruces contra una muralla humana a la que entregué toda la confianza que me había quitado una venda en los ojos, me tocó ser policía en la noche de los carceleros, salí volando por los aires en aquel viaje acuático, me reí, me reí tanto que me bajó la glucemia y tuve agujetas todo un día en la tripa, y todo ello con personas que acababa de conocer, que en menos de 24 horas ya se habían hecho amigos inseparables. No sé, era como lo de Gran Hermano supongo, pero sin cámaras y, sobre todo, sin tanto friqui.

• Y bueno, no me lo habéis preguntado pero sí, también pude estar con esa chica de pelo negro largo y rizado que ahora es la madre de mis tres hijos. Uno de ellos tiene ya 8 años y tiene también diabetes. Y por supuesto, este verano va a su segundo campamento.

Así que, gracias, papá y mamá, por haberme dejado subir a aquel autobús que cambió mi vida para siempre. Sé que fue difícil para todos, pero sin duda alguna, mereció la pena.

Esta fue solo una experiencia. Es posible que la tuya (la vuestra, incluyendo a los padres) sea diferente, peor o mejor, pero ¿de verdad que quieres perdértela? Súbete ya al autobús, ¡que te estamos esperando!

Dr. Roi Piñeiro

Jefe Asociado del Servicio de Pediatría del Hospital General de Villalba

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