¿Y no hay nada para que se le quiten los mocos?
No existe ningún pediatra, o médico que atienda a niños, que no haya escuchado alguna vez esta pregunta. Igualmente, no existen padres que no se hayan cuestionado alguna vez si existe una solución definitiva contra estos molestos y pegajosos compañeros de catarros e inviernos interminables. Da igual que la respuesta del pediatra sea: “no, no hay nada”. Los padres volverán a preguntarlo una y otra vez, buscando una solución mágica, un brujo que revele su pócima secreta, un ángel que realmente se preocupe por los niños y conceda una gracia divina, un día sin mocos al menos. El problema es que la insistencia termina generando una respuesta peor que “no hay nada”, y es la prescripción de medicamentos tan innecesarios como carentes de eficacia, por parte de pediatras cuya paciencia se ha agotado y necesitan ofrecer algo para que dejen de aporrear la puerta de su consulta. Los padres se van contentos: “¡por fin nos ha dado algo!” pero la alegría dura poco: “esto no le hace nada”.
Y es que los catarros se curan solos. Actualmente, no existe ningún tratamiento que prevenga, cure o recorte la duración del catarro o resfriado común, y por supuesto tampoco que elimine los mocos. Además, los catarros tienen una duración de 1 a 2 semanas, y en invierno es muy habitual que estas banales pero molestas infecciones de vías respiratorias altas sean concatenadas, una detrás de otra. Sí, lo he dicho bien, de 1 a 2 semanas. Ármese de paciencia, algunos niños empezarán con mocos en septiembre y no los soltarán hasta mayo. Y no, no hay tratamiento.
Bueno, algo sí que hay: los famosos lavados nasales con suero salino fisiológico. Pero esto no es un medicamento como tal, ni elimina para siempre los mocos. El suero fisiológico es “el pañuelo” de los niños pequeños que aún no saben sonarse. No es más que un pequeño alivio de la congestión nasal. Si se tiene en cuenta esta idea, resultará fácil entender la respuesta a la pregunta: “¿Cuántas veces al día le puedo hacer los lavados?”. Imagínese esta misma pregunta a su médico de familia: “Oiga… ¿cuántas veces al día me puedo sonar los mocos?”. Hay que hacer tantos lavados nasales como sean necesarios para que el niño esté más cómodo y respire mejor. Pero, “¿Lo estaré haciendo bien?”. Pues eso depende. Los lavados nasales no suelen gustar a los niños, por lo que a veces hay que improvisar auténticas “llaves marciales” para poder sujetarlos. Si su hijo sonríe mientras realiza los lavados, es muy probable que no esté haciendo nada. Si por el contrario, ha pensado alguna vez en llamar a un exorcista en mitad del procedimiento de lavado nasal, seguramente su hijo respirará sin mocos durante los siguientes minutos. Ojo, no muchos.
Sin embargo, lo que no es recomendable usar con tanta frecuencia son los también famosos aspiradores de secreciones. La presión de succión puede ocasionar sensaciones desagradables en el oído y resecar la mucosa nasal (la piel que recubre por dentro la nariz). Así que es mejor limitar su uso: una o dos veces al día, sin hacerlo de forma brusca y solo si hay mucho moco para aspirar; es decir, que se vea. Si no ve nada, lo único que hará es aspirar aire de la nariz de su hijo, lo cual no tiene sentido.
Algunos consejos para realizar bien los lavados nasales son los siguientes:
- Es recomendable hacer los lavados antes de dormir y antes de las tomas en los bebés. Suele ser suficiente con 2 ml en cada fosa nasal en niños pequeños y hasta 5 ml en niños mayores. A partir de cierta edad, lo mejor serán los pañuelos desechables.
- La sensación será menos desagradable para nuestro hijo si el suero está a temperatura ambiente.
- Se puede tumbar al niño (boca abajo o boca arriba, como mejor se le sujete), procurando girarle la cabeza hacia un lado e intentando que no se eche hacia atrás.
- Cuando esté bien sujeto, se echa el suero fisiológico por el orificio que queda arriba, “con determinación”. Si lo hace con miedo, no estará consiguiendo nada. Y antes de que lo pregunte, le respondo: “no, el niño no se ahoga”.
- Tras esta maniobra, sobre todo si está boca arriba, se le puede sentar para favorecer la expulsión de las secreciones.
- Posteriormente, se repite la maniobra para echar el suero en el otro orificio nasal, girándole la cabeza hacia el lado contrario.
- La maniobra puede provocar estornudos, lo cual es ideal para limpiar aún más las fosas nasales.
- No se ponga sus mejores prendas de vestir durante el procedimiento.
El problema es que hasta que los niños usan el pañuelo, pasan demasiados días de gritos, llantos, peleas con el suero, noches sin dormir y mocos que no cesan. Aunque después de leer este artículo nos hagamos la promesa de que nunca jamás volveremos a preguntar al pediatra si hay algo para los mocos, es seguro que se lo volveremos a preguntar. “Nunca se sabe, igual en estos últimos 15 días ha avanzado algo la ciencia…”
Si usted da con un pediatra coherente con la evidencia científica actual y con la suficiente paciencia, encontrará la misma respuesta: “no, no hay nada para los mocos”. En caso contrario, se llevará algún jarabe a casa, de esos conocidos como mucolíticos, descongestivos, antitusígenos o anticatarrales. Aunque dejan en duda su eficacia, lo más seguro es que en la consulta se sugiera “Bueno doctor, pero déjeme probar. A lo mejor en mi hijo sí que son eficaces”. Y he aquí el problema. El tema es que la evidencia científica no solo ha demostrado la falta de eficacia de estos productos, sino que además se ha comprobado que algunos medicamentos anticatarrales pueden producir, en los niños pequeños, efectos adversos potencialmente graves, como aumento de la frecuencia cardiaca, adormecimiento o convulsiones sobre todo en menores de dos años ¿Qué tiene diabetes ha dicho? Peor me lo pone.
Pero entonces, ¿qué podemos hacer?
Pues lo primero mirar a nuestro hijo. No siempre hace falta tratamiento. Muchas veces los niños con catarro y congestión nasal o tos están bien. Juegan y hacen su vida normal. Que a nosotros los mocos nos amarguen la existencia no quiere decir que ocurra lo mismo con nuestros pequeños. No hagamos enfermos donde no los hay. Y no busquemos tratamientos donde no hay pacientes.
Lo que sí hay que hacer es mantenerles bien hidratados, ofreciendo líquidos con frecuencia. “Ya, pero es que le doy agua y no quiere”. ¿Quién ha dicho agua? He dicho líquidos. Ofrezca todos aquellos que sean adecuados para su edad (caldos, leche, zumos., etc.). Y piense en gelatinas, que también hidratan muy bien. Los ensayos clínicos no han demostrado diferencias entre los dudosos efectos positivos de los mucolíticos y la buena hidratación oral, por lo que ante igualdad de eficacia, mejor los líquidos.
Y con la comida, tan importante en nuestro mundo dulce, sentido común. Si nuestra pareja nos pide un caldo, y nada más, porque le duele la cabeza y lleva todo el día congestionado y sin poder respirar, pues hacemos un caldo con todo nuestro cariño y le damos un abrazo sanador. Ahora, cuando se trata de nuestros hijos, los padres somos poseídos por el espíritu del cocido maragato, con la complicidad de los abuelos. “Algo tendrá que comer el pobre niño… tiene que crecer”. Pero ¿por qué? ¿Por qué no respetamos a nuestros hijos igual que hacemos con nuestros semejantes? Ya comerá. Tiene poco apetito, es normal. Y tendrá poco apetito durante varios días, también es normal. Y perderá algo de peso durante estos días y luego lo recuperará. Llenarle de judías, lentejas o purés, no conseguirá que nuestro hijo se encuentre mejor, ni curará antes su catarro ni sus mocos saldrán huyendo por el empacho. Hay que hacer una dieta normal.
“Ya, pero es que mi hijo tiene diabetes. Ya le he puesto la insulina, y tiene que comer sí o sí”. Vamos a ver. Si hemos dicho sin forzar, pues será sin forzar. Habrá que aumentar los controles glucémicos, y será el momento ideal para lucir nuestro glucómetro continuo si tenemos uno. En estos días, el azúcar en sangre será más difícil de controlar. Ajustemos bien la insulina en función de lo que nuestro hijo pueda comer y tengamos en cuenta “el principio de la sal en las comidas”. Es decir, si echamos poca sal, las viandas nos sabrán sosas, pero siempre podremos mejorar las sensaciones de nuestro paladar añadiendo un poquito más, sin embargo, si nos pasamos, ya no hay remedio. Con la insulina, deberemos utilizar este mismo principio. Si nos quedamos cortos de insulina, siempre podremos después ajustar la glucemia con más bolos extra. Pero si nos pasamos, obligaremos a nuestro hijo a devorar la nevera en unas condiciones poco apetecibles, y aparecerá el riesgo de la hipoglucemia sin necesidad. Tampoco es cuestión de no poner insulina, pues durante la enfermedad es posible que precisemos incluso más dosis de las habituales. En resumen, este catarro es una pequeña guerra para la diabetes. Intentemos controlar este caos con orden y sentido común, sin forzar alimentos ni insulina.
“Por cierto, ¿antes he leído leche? Pero si a mí me han dicho que la leche produce más mocos…”. Bueno, es de esas cosas que se viralizan y los pediatras nunca sabremos por qué. Pero solo hay una verdad, y es que la leche produce tantos mocos como respirar aire o sentir los latidos de nuestro corazón. No tiene ninguna base científica, así que no priven a sus hijos de un alimento tan sano como necesario durante la infancia.
En caso de que además de mocos, nuestros niños tengan fiebre y malestar, podemos usar antitérmicos durante unos pocos días. Siempre sin olvidar que la fiebre es beneficiosa, y solo es aconsejable tratarla si el niño está realmente molesto. Si va saltando alegre del salón a la cocina, no le persiga con el jarabe cargado en la jeringa; es absurdo.
Si el ambiente en casa es muy seco, se puede utilizar un humidificador durante un corto periodo de tiempo. Humedecer el aire puede ayudar a que el moco no sea espeso y contribuye a lubricar la vía área. Sin embargo, puede ser perjudicial para algunos niños que tengan bronquitis o asma. La humedad ambiental tampoco ha demostrado eficacia desde un punto de vista científico, por lo que su uso debe ser una opción libre de cada familia, en función de la respuesta de cada hijo, que por supuesto puede ser incluso diferente entre hermanos.
Y si a pesar de todo lo dicho, usted quiere probar un medicamento descongestivo, anticatarral, mucolítico, etc., para tratar los mocos de su hijo, debe saber que:
- No lo haga si su hijo tiene menos de dos años. Siga leyendo solo si tiene más de dos años.
- Es dudoso, aunque posible, que se alivien algunos síntomas, pero no curan ni disminuyen la duración de los resfriados ni de los mocos.
- Es conveniente leer el prospecto, la composición del producto y los efectos que puede tener y seguir las dosis recomendadas.
- No se deben utilizar como sedantes ni para ayudar a dormir a los niños. Si descansa mal por los mocos ya dormirá más adelante, los niños no tienen que ir a trabajar, y por faltar unos días al colegio es muy probable que el mundo no se pierda ningún futuro Einstein. Cuando pida algo para los mocos debe pensar primero si lo está pidiendo para que el niño descanse bien, o si lo está pidiendo para descansar bien usted mismo.
- Debe dejarse guiar por los profesionales de la salud, médicos o farmacéuticos, ante cualquier duda sobre el uso de medicamentos para la tos o el catarro en niños mayores de 2 años.
- No es recomendable combinar dos o más preparados anticatarrales, pues aumentarán los efectos indeseados.
En resumen: No. No hay nada para que se le quiten los mocos, salvo mucha paciencia, mucho cariño, muchos besos, muchos abrazos y un poco de suero salino.
Autor: Dr. Roi Piñeiro Pérez. Servicio de Pediatría del Hospital General de Villalba
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)