Desde muy pequeño, como la mayoría de niños, Antonio soñaba con ser futbolista. Se pasaba el día en la cancha dándole patadas al balón.
Los días de partido se levantaba eufórico, nervioso, por ser el delantero y pensar que si metía un gol como lo celebraría, normalmente mirando al cielo recordando a su madrina.
Recuerdo que uno de los días más felices de su vida, fue cuando RFEF lo aceptó en el equipo Benjamín, tenía 9 años.
Un año más tarde, de repente y sin avisar, le diagnosticaron diabetes tipo 1.
Sus pensamientos y preocupaciones seguían anclados en el futbol.
Los doctores le animaron a que no tendría problemas, simplemente controlar la comida y los niveles ante el esfuerzo que iba a realizar.
Su ejemplo en quien mirarse fue Nacho, jugador del Real Madrid, diabético y que a la misma edad de Antonio, le diagnosticaron también la enfermedad.
Por aquel entonces jugaba en el Castilla.
La teoría a veces falla en la práctica.
En su segundo partido, después de comprobar en el descanso que sus niveles estaban bien, a los quince minutos de la reanudación, tuvo una hipoglucemia, no pudo continuar y el dolor de cabeza fue terrible durante horas.
Una vez que algo malo te pasa piensas que te puede volver a pasar.
Con 10 años es normal tener inseguridad.
Es una enfermedad que te ha cambiado la vida, es difícil entenderlo y aceptarlo.
A los pocos días de este suceso apareció en nuestras vidas nuestro ángel de cuatro patas: Balín.
El vínculo con mi hijo era total, Balín estaba siempre con mi hijo, le seguía incansable a todas partes y por supuesto dormía con él.
Nos proporcionó noches de sueño y seguridad, de no tener que levantarnos medio dormidos a pincharle un dedo y comprobar que los niveles de azúcar estaban bien.
Su ladrillo era el susurro de un ángel, que en cualquier momento buscaba ese olor por el que era premiado con una salchicha.
A todas partes, excepto en el colegio, Balín acompañaba a Antonio, era más que su mejor amigo, era el que le daba esa confianza, la tranquilidad que las palabras no conseguían.
Balín tenía una misión, que como padre no tiene precio, por poder cuidar y vigilar las 24 h del día la salud de mi hijo.
Balín era uno más de la familia, movía su cola siguiendo a Antonio allá donde fuera.
Permanecía bajo la mesa en restaurantes, accedía a centros comerciales, en la bolera… Siempre juntos, siempre unidos por ese amor incondicional que sin pedir nada a cambio te dan nuestros amigos de cuatro patas.
A diferencia de otros perros, esta unión, la percibía como si el perro se sintiese diferente, más cercano, más humano. A veces hasta pensaba que quería hablar.
En la cancha Balín seguía con la mirada a Antonio, ajeno al resto, su admirador incansable y más fiel.
Solo tenía que ponerse delante de él para olerle.
El perro era muy consciente que solo recibía su salchicha por ese olor y después de olerle cientos de veces nunca había fallado.
Hasta que un día, quizás uno de los más importantes para mi hijo, Balín nos demostró que se adelantaba a lo que iba a suceder.
Eran las finales del campeonato, si conseguían ganar tendría que jugar 3 partidos para llegar a la final.
En el descanso del tercer partido Antonio estaba feliz, había marcado goles y estaban a un paso de llegar a la final.
Los estados de ánimo influyen en la diabetes.
Acaba de realizar una medición y estaba en 140, sin embargo, Balín se acercó a olerle y comenzó a ladrar.
Era ese ladrido de atención, el susurro del ángel avisando de que estaba fuera de sus niveles.
Le volví a medir, estaba en 125.
Era la primera vez que el perro se equivocaba.
Faltaban 10 minutos para el comienzo de la segunda parte.
Se hidrató y le pedí que se calmara.
Tres minutos antes de comenzar se midió de nuevo.
Habían pasado solo unos minutos, pero al ver el número miré a Balín y sonreí.
No me lo podía creer, Antonio había bajado a 70, el perro anticipó la bajada y la tendencia que se estaba produciendo.
Recibió unas cuantas caricias y su merecida salchicha.
Antonio bebió y comió, no tuvo ninguna bajada.
Llegaron a la final y la ganaron. En aquel momento los dispositivos no te indicaban el dato de tendencia, pero un ángel de cuatro patas sí lo hizo, para meterle un gol a la diabetes.
Autor: Jacobo Fernández