Pensaba que el olor de tener los niveles bajos o altos de azúcar era diferente en cada persona, pero una circunstancia inesperada me hizo pensar que algunos olores deben ser comunes.
A mi hijo con 10 años le diagnosticaron diabetes tipo 1.
Son momentos difíciles para comprender y asimilar esta enfermedad crónica. Permaneces más de una semana en el hospital para aprender a medir las raciones de carbohidratos y pinchar las unidades de insulina, en función de esas raciones.
Los primeros meses llevábamos una pesa a todas partes para calcular por peso las raciones de carbohidratos.
Han pasado 12 años, y ahora veo como un ángel de cuatro patas cambió nuestras vidas para siempre.
Todas las noches te despiertas medio dormido para pinchar su dedo, extraer una gota de sangre y que te tranquilice al comprobar que sus niveles de azúcar están bien.
Con el tiempo las yemas de sus dedos hay que tratarlas con Aloe vera y otras cremas, están destrozadas, en carne viva, son más de 10 pinchazos diarios.
El insomnio y las pesadillas a una hipoglucemia secuestran tus pensamientos, no hay forma de evadirse.
En los momentos difíciles y complicados de la vida ante una adversidad, la familia se une más (o a veces se rompe para siempre) no fue nuestro caso.
No hay mal que por bien no venga.
Desde hace doce años comemos infinitamente mejor, más equilibrado, nuestros cuerpos y mentes lo han agradecido.
El ejercicio es muy importante para la diabetes, reduce la dosis de insulina.
Los días se llenaron de mucho deporte, una práctica que mantendremos siempre.
La tecnología ha cambiado esos pinchazos en los dedos por un sensor en el brazo, que no solo te dice el número exacto, sino la tendencia, que es muy importante.
Balín apareció en nuestras vidas como un ángel disfrazado de perro, pero es mucho más que un perro.
Le adiestramos para que detectase las subidas y bajadas de azúcar.
Teníamos que coger muestras de saliva de mi hijo en una gasa cuando estaba alto o bajo de azúcar. Las gasas se guardaban en unas bolsitas en el congelador. El juego consiste en que el perro huela, busque y encuentre ese olor. Cuando lo encontraba era premiado con una salchicha. Después debía buscar ese olor en mi hijo.
El vínculo era total, estaban todo el tiempo juntos, excepto en las horas del colegio. Balín le esperaba impasible a la salida del cole, movía la cola cuando a lo lejos lo detectaba entre la multitud de niños.
Su misión por cuidar la salud de mi hijo daba sentido a su vida.
Un amor total, incondicional, querer estar al lado de mi hijo y seguirle hasta cuando iba al baño, las 24 h del día, feliz, leal y sin esperar nada a cambio, tan solo caricias. Sus ojos buscaban la complicidad de contemplarse, de llenarse mutuamente de vida. Una vida de entrega, de seguirle con la mirada incluso cuando jugaba al futbol y de olerle en el descanso antes de comprobar con una gota de sangre que todo estaba bien.
Balín es nuestro Ángel disfrazado de perro.
Sus ladridos son susurros de paz, de tranquilidad, una bendición de que está ahí, pendiente, de que todo está bien.
Es una luz brillante cuando todo está a oscuras.
El otro día fuimos los tres paseando a la farmacia. Balín y mi hijo me esperaron afuera mientras yo compraba unos medicamentos. Delante de mí, un hombre de mi edad pedía insulina, lo que me hizo instintivamente una mueca de complicidad y divagar… Al salir de la farmacia ese hombre se había parado a acariciar a Balín, el perro se sentó, miro al hombre y al igual que hacía con mi hijo, se puso a ladrar, ese ladrido en forma de aviso, de atención, de haber encontrado ese olor por lo que era premiado.
Por suerte llevaba unas galletitas para dárselas. El hombre que seguía asombrado de lo que estaba pasando. La cantidad de preguntas le dejaba más atónito, al conocer con detalle el adiestramiento de Balín. Su rostro serio se transformó en alegría, en una revelación, en forma de esperanza para mejorar su calidad de vida.
Hay cosas en la vida que no se pueden pagar con dinero y tener las 24 h del día, un olfato que cuide de tu salud no tiene precio.
Si a esto le sumamos una compañía leal y que solo desea complacerte, es encontrar una luz brillante que en forma de ángel de cuatro patas cuida de ti.
Al cabo de unos meses me llamo para decirme que tenía una nueva compañera que con la ayuda de un adiestrador le detectaba las subidas y bajadas de azúcar.
Por eso nuestro querido perro Balín, encuentra la diabetes.
Autor: Jacobo Fernández