Constantemente, a diario y en cualquier aspecto de nuestra vida, tomamos decisiones de las que ni siquiera somos conscientes: coger el autobús o ir andando, subirnos una unidad de insulina, comernos ese postre que nos apetece, llamar a un amigo o no….
Tomar decisiones en ocasiones puede costarnos, especialmente si es importante o nuestra forma de ser tiende a la duda. Sin embargo, hay herramientas sencillas para decidir mejor. Una de ellas es la técnica de solución de problemas tal y como la propusieron los psicólogos Thomas D’Zurilla y Marvin Goldfried hace ya bastantes años. Vamos a verla, aplicada al proceso decisional.
La toma de decisiones a nivel cerebral
El cerebro: nuestra principal herramienta a la hora de tomar decisiones. Me parece interesante que, antes de pasar a la parte más práctica del artículo, demos una pincelada neuropsicológica a las zonas cerebrales implicadas en el proceso de tomar una decisión:
Amígdala: Se encarga del reconocimiento y respuesta ante estímulos amenazantes o peligrosos. Es una respuesta bastante rápida y espontánea.
Nucleo accumbens: Es el sistema de recompensa del cerebro. Nos lleva a buscar actividades placenteras, y evitar las que no lo son. De igual modo que la amígdala, su respuesta es bastante inmediata.
Córtex prefrontal: Permite que evaluemos y controlemos la situación valorando todos los detalles del contexto, y también basándonos en nuestras experiencias anteriores. La corteza prefrontal puede controlar la activación de la amígdala, modulando así la respuesta emocional. También puede gestionar la activación del núcleo accumbens, relativizando la importancia de la ganancia. Es una parte cerebral esencial en la toma de decisiones, pues inhibe la conducta impulsiva y es el encargado del razonamiento, de sopesar el peligro real de la situación, las consecuencias a corto y largo plazo, los beneficios potenciales, etc.
La técnica de solución de problemas se basa en la idea de que existe un modelo que constaría de dos componentes principales: en primer lugar, una determinada actitud en relación con los problemas, sean del tipo que sean, que facilitaría todo el proceso decisional.
Esta actitud, que los autores llaman “orientación general hacia el problema“, puede describirse como la creencia de que los problemas forman parte de la vida cotidiana y que, además, podemos afrontarlos eficazmente. Cada vez que nos topemos con uno, estaremos dispuestos a reconocerlo y a esforzarnos por buscar la mejor solución, inhibiendo la tendencia a ignorarlo o a actuar impulsivamente, sin pararnos a reflexionar.
Y, en segundo lugar, una serie de etapas o pasos que habría que seguir ordenadamente. Dichas etapas son las siguientes:
1. Definición y formulación.
Obtén información sobre todo lo que implica la decisión a tomar, analiza objetivamente sus causas y consecuencias y evalúa su importancia. Ello para llegar a definir la situación de forma precisa y concreta y especificar qué es lo que quieres conseguir. Imaginemos el caso Carlos, que no se encuentra a gusto con su endocrino.
El primer paso sería definir de forma concreta qué aspectos son los que le hacen sentir a disgusto, por ejemplo: le cita cada demasiados meses para sus necesidades, no escucha sus problemas de variabilidad, se limita a ajustarle dosis, ni siquiera es una persona de trato agradable… También implicaría reflexionar qué grado de importancia tiene esta situación, en función de cuánto le esté afectando en su vida cotidiana, en este caso suponemos que mucho ya que sale frustrado de la consulta y sigue sin entender situaciones conflictivas con sus niveles.
2. Generación de alternativas.
Da rienda suelta a tu imaginación y propón la mayor cantidad y diversidad de alternativas de respuesta para, de esta manera, aumentar la probabilidad de hallar la más adecuada. Se trata del famoso brainstorming o tormenta de ideas, cuya regla de oro consiste en aplazar toda crítica de las distintas alternativas hasta la siguiente etapa.
En esta etapa, Carlos pensaría cuales son las posibilidades disponibles para solucionar su problema: hablar con el endocrino y exponerle su situación, pedir ayuda a un profesional para sobrellevar mejor la situación ya que le está generando una sensación de falta de control sobre la diabetes y problemas de ansiedad, estrés y frustración… Quizá cambiarse de endocrino a otro en algún otro hospital, probar con alguno privado…
3. Toma de decisiones.
Evalúa las diferentes alternativas considerando sus pros y sus contras para ir descartándolas poco a poco y así quedarte con la que te parezca mejor.
En esta etapa, Carlos realizaría un análisis de cada una de las opciones propuestas anteriormente. Por ejemplo, de la opción “probar con otro endocrino que le recomienden”, las ventajas serían: reducir la ansiedad, eliminar rápidamente el malestar, aumentar la motivación, la percepción de autocontrol…
Pero también hay que valorar los inconvenientes: quizás el nuevo endocrino tampoco le guste, lo cual aumentaría aún más su insatisfacción y su ansiedad, que repercutiría negativamente sobre su autocuidado y su diabetes… Es aquí cuando tiene que realizar un balance entre las ventajas y los inconvenientes de cada alternativa de solución imaginada anteriormente.
4. Puesta en práctica y verificación de la decisión.
Aplica la alternativa elegida y comprueba si los resultados coinciden con los que te habías planteando. Introduce, si fuera necesario, los cambios pertinentes. Carlos finalmente decide no cambiar inmediatamente. Prefiere informarse sobre otros especialistas, hablar con otras personas con diabetes y dejarse recomendar endocrinos, leer en los foros sobre ellos…y una vez que esté seguro de cuál puede encajar mejor con su disponibilidad, su personalidad y su situación.
- Como puede verse, esta técnica es muy de sentido común, pero, al igual que el resto de cosas que también lo son, suele olvidarse cuando más falta nos hace.
- Permítete tu tiempo y tu espacio para decidir.
- Puedes añadir algo más. Si la dificultad o importancia de aquello que tengas que decidir es alta, busca un lugar tranquilo, donde puedas pensar con claridad. Incluso puedes ir a algún sitio especial que personalmente te calme, como una playa, el campo o donde quieras que te sientas con tranquilidad. Eso te proporcionará claridad mental y así podrás pensar mejor.
Finalmente, tras seguir estos pasos recuerda que lo importante es seguir adelante con tu decisión. Si has seguido el proceso, la decisión será buena.
Autora: Natalia Martínez Navas
Psicóloga especialidad Clínica`
Máster en Psicología Clínica y Modificación de Conducta
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)