“ – ¿Entonces qué? ¿Pillamos ya los vuelos? ¡Qué ganas tengo de hacer este viaje!
– A ver… yo… es que aún no sé… como os dije… tengo diabetes… y me da un poco de miedo… “
¿En serio? ¿De verdad alguna vez te has planteado perderte un viaje por tener diabetes?… ¡Está prohibido! En serio, debería estarlo. Piérdetelo por cualquier otra causa, pon la excusa que quieras, pero que te falten islotes no es un motivo suficiente para no aterrizar en el islote.
Yo tengo diabetes y tengo 47 años y conozco 40 países, que serán 41 cuando visite México en noviembre de este año, además en el Día de Muertos, para que la experiencia sea completa. No te cuento esto para presumir. Te cuento esto para asegurarte que, si yo puedo, tú puedes.
En primer lugar, voy a ofrecer algunas recomendaciones básicas, que es la parte más práctica del artículo. Luego voy a escribir algunas anécdotas de mis viajes, que será, probablemente, la parte más divertida y amena del texto.
Recomendaciones antes de salir
- Infórmate bien sobre el país al que viajas. Esto no tiene nada que ver con tener diabetes. Mira si necesitas vacunas (algunas son obligatorias), profilaxis frente a la malaria, protección frente a los mosquitos, cómo es la sanidad allí, idiomas, cultura, moneda, clima, etc. La página web del Ministerio de Asuntos Exteriores tiene una parte específica de “Recomendaciones de Viaje” que es muy completa, y sería el primer lugar en el que buscar información. Además, tienes muchos datos interesantes en redes sociales, con contenidos creados por viajeros. Como siempre con las redes, precaución y sentido común.
- No dejes de informarte también de las condiciones de la aerolínea, que cada una es de su madre y de su padre, y algunas son muy quisquillosas, por no decir molestas y desagradables, no vaya a ser que me esté leyendo algún mandamás del aire.
- Lleva siempre un informe médico con los diagnósticos y tratamientos que precisas. Si es posible, una copia en castellano y otra en inglés. Si vas a China, pues en chino, porque el informe en inglés lo más probable es que no lo entiendan en el aeropuerto.
- Prepara toda la medicación y material fungible que necesites, y multiplícalo por dos, o incluso por tres. Mejor que sobre a que falte. No te pierdas un día paradisiaco por haber calculado mal tu material.
- Guarda todo lo relacionado con tu diabetes en el equipaje de mano y no lo factures. Si se pierde la maleta, ya comprarás ropa, pero si pierdes tu material para la diabetes, es muy probable que tengas que volver a tu país. Además, si tienes cualquier problema durante el trayecto, tendrás la medicación contigo.
Recomendaciones durante el viaje
- Controla la glucemia con más frecuencia, sobre todo si cambian las comidas, la actividad física o los horarios. Para los viajes, los sensores de glucemia son especialmente útiles.
- No te olvides de llevar siempre contigo algo de azúcar, por si aparece una hipoglucemia en mitad de la sabana, que no tengas que comerte un león. Subir los más de 700 escalones de la puerta del cielo en Tianmen (China) o la Piedra del Peñol en Guatapé (Colombia), también suponen retos hipoglucémicos interesantes.
- Si el trayecto es largo, levántate y camina o estira las piernas cada una o dos horas. Si tienes la suerte de ir en primera clase, acomódate bien y no te pases pidiendo snacks, que son “gratis” pero suben igualmente la glucemia.
- No te olvides de los cambios de horario. Tendrás que reprogramar tus pautas de insulina o parámetros de la bomba.
- Protege la insulina tanto del calor directo como del frío extremo. Lleva contigo solo la cantidad necesaria. El resto déjala en el hotel.
A pesar de seguir todas estas recomendaciones, cada viaje es una sorpresa. Recorrer el mundo teniendo diabetes añade un puntito de pimienta con el que seguro que guardas en tu mochila alguna que otra anécdota, como algunas de las que te voy a contar a continuación.
Anécdotas en mi cuaderno de viajes
En marzo de 2024, esperando un vuelo interno que debía llevarme desde Benarés a Nueva Delhi (India), con la compañía “Nisupa Laconoce”, una de las azafatas me indicó que debía acudir a control de equipajes. Creía que me iban a pasar a alguna sala cercana. Sin embargo, fui “escoltado” por numerosos militares hindúes, escopetas encañonadas, atravesando medio aeropuerto hasta llegar a una estancia bastante lúgubre. “Amablemente” me invitaron a abrir mi maleta. Nunca antes había tenido tan pálida la cara y tan seca la boca. “Hasta aquí he llegado”, pensaba, mientras de forma bastante torpe subía ambas manos y trataba de explicar que era inocente. Me indicaron que debía abrir una de las cremalleras. Desplacé la hebilla despacio, aparentando una calma que no tenía, y convencido de que me habían colado cuatro o cinco paquetes de cocaína. Mis futuras compañeras, las ratas de la celda, ya se relamían los incisivos pensando en mi próxima presencia. No vi nada extraño, pero ellos metieron la mano y empezaron a buscar, hasta que sacaron un paquete de cuatro pilas AA, las que lleva la bomba de insulina. “No batteries!”, me gritaron en un clarísimo inglés al aroma del Ganges. Aliviado, como si un galeno se hubiera equivocado con el peor de los diagnósticos, no tuve mejor ocurrencia que explicarles que necesitaba las pilas para la bomba (cuando podía haberme callado para salir de allí lo antes posible). Para mi sorpresa, me dieron una y, llevándose el dedo índice a los labios en señal de silencio, me espetaron: “only one, Sir” [“solo una, caballero”]. Ya en el avión, mis compañeros de viaje me aplaudieron. Entre risas, cuando me preguntaron qué había ocurrido les dije que el conejito de Duracell había dejado de tocar el tambor. Así que ya sabes: en el equipaje facturado nada de pilas, salvo que quieras hacer el indio.
Otra anécdota relacionada con la bomba de insulina tuvo lugar recientemente, el pasado mes de marzo, en China. Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, aprendí que no era recomendable decir “insulin bomb” después de pitar debajo del arco, ya que a nadie le agrada compartir fila de asientos con un posible terrorista. La palabra correcta para referirse a ese aparato que tantos “seguratas” miran con recelo es “insulin pump”. El caso es que, en el aeropuerto de Pekín, destino Madrid, no conseguí pasar el primer arco. El joven imberbe que dirigía la seguridad me preguntó qué tipo de “busca” llevaba colgado en el cinturón. El inglés directo me ayudó poco en este caso porque, como comenté previamente, en China solo hablan inglés en las tiendas de imitaciones, pero no en el resto del país. Me acercó un traductor electrónico de voz. Con mi mejor Shakespeare dije la palabra mágica: “insulin pump”. Mientras mi cerebro se deleitaba con una pronunciación digna de Oxford, uno de los chinos, también lampiño, soltó una parrafada al aparato. Cuando giró el traductor hacia mis ojos, pude leer en perfecto castellano: “No se mueva, acabamos de llamar a la policía”. Así que tuve que esperar una media hora, casi desnudarme, enseñar los informes médicos y, finalmente, pasar el control sin problema. Todo sea dicho, con numerosas reverencias y disculpas por parte de la policía, conscientes de que no tendría que haber pasado por todo este mal rato.
Otra opción es quitarse la bomba antes de pasar por el arco detector. Sin embargo, no nos libra de algunas miradas, porque algunos escáneres no ven con buenos rayos nuestras maquinitas especiales. También hay que tener cuidado con los sensores; si hemos pitado, algunos vigilantes aeroportuarios tienen una habilidad especial en “arrancamiento involuntario de sensor”, así es que mejor pedirles de forma amable que se tomen con calma el cacheo protocolario. Curiosamente, esto me pasó antes de un vuelo de trabajo a Barcelona. Nada exótico y en perfecto castellano.
En viajes paradisiacos tipo Maldivas, vamos a pasar más tiempo debajo del agua que un tiburón, por lo que es recomendable darse un “chute” de insulina si luego vamos a estar varias horas sin la bomba. Además, es conveniente llevar algunas bolsas de plástico para dejar la bomba impermeable, lejos de la arena y a la sombra. También podemos bañarnos con ella, que en teoría se puede, pero si se estropea a más de 10000 Km de distancia de tu casa, igual nos fastidia parte de las vacaciones.
Tengo muchas otras anécdotas, pero al final todas las recuerdo entre risas, y ninguna de ellas me ha impedido seguir viajando y disfrutando de un mundo que es maravilloso. El objetivo de compartirlas contigo es para que tengas en cuenta experiencias reales y tomes tus precauciones, pero sin dejar de viajar. Solo un último consejo: si tienes la suerte de que entre los viajeros haya un médico, pues mucho mejor para ti, salvo, claro está, que sea pediatra…
Autor: Dr. Roi Piñeiro Pérez.Pediatra del Centro de Salud Cerro del Aire de Majadahonda
(Publicado en la Revista Entre Todos. Si quieres recibir o descargar la revista, hazte socio)
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